viernes, 6 de septiembre de 2019

ECONOMÍA SOLIDARIA Y PROFUNDIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA PARA UNA NUEVA CIVILIZACIÓN *


El tema que nos interesa reflexionar, o la pregunta que quisiéramos responder en este Seminario, bajo el encabezado La economía solidaria como radicalización de la democracia, es cual sea el impacto y la proyección política, social y cultural que pueda esperarse del desarrollo de la economía de solidaridad. La interrogante sobre tal impacto y proyección puede formularse a nivel de un país, de la región latinoamericana, o en el plano de la sociedad humana en general. El encabezado del seminario lo que hace, en realidad, es sugerir una respuesta: lo que puede esperarse de la economía solidaria es que efectúe un aporte a la profundización o radicalización de la democracia a nivel de los países, que son las unidades societales de la actual institucionalidad democrática. Pero en esta respuesta sugerida hay un problema, consistente en suponer que la economía de solidaridad tiene sentido en función de un proceso en curso o ideológicamente deseado, en el contexto del sistema político vigente, entendido como una democracia insuficientemente profunda o radical, que sin embargo tendría posibilidades de ser profundizada o radicalizada.

         Tal ha sido el modo en que se ha planteado desde hace más de un siglo la cuestión del impacto y las proyecciones políticas, referida a los fenómenos del cooperativismo y la autogestión. Una vieja cuestión, que ha sido respondida de modos bastante claros y difícilmente perfeccionables, por parte de los pensadores que han acompañado históricamente las experiencias del cooperativismo y la autogestión. Dicha respuesta, en síntesis, señala que el cooperativismo y la autogestión, en cuanto amplían socialmente el acceso al capital, en cuanto permiten a muchos participar en la gestión de empresas, y en cuanto generan ocupaciones estables no dependientes del capital, crean condiciones para la expansión de la participación democrática, no solamente en el ámbito específicamente económico, sino más en general, en todos los asuntos de carácter social y en los cuales interviene el Estado. El cooperativismo y la autogestión han sido entendidos como una escuela de participación social y de democracia. Tal vez lo mismo puede expresarse en un lenguaje más de moda y al gusto de los intelectuales postmodernos, y hablar entonces del empowerment, que ha sido traducido al castellano como empoderamiento.
         Y está bien, nada tengo que objetar, al contrario, me parece importante reiterar que efectivamente el cooperativismo y la autogestión, así como en general las experiencias que pueden ser reconocidas como de economía de solidaridad, constituyen eficaces escuelas de democracia y de participación social, así como también crean condiciones sociales y culturales favorables al funcionamiento de una democracia participativa, de una democracia real y no solamente formal, e incluso facilitan la conformación de actores y sujetos sociales autónomos que pueden realizar importantes acciones y luchas sociales y políticas tendientes a la profundización de la democracia.
Todo esto es importante, sacrosanto, especialmente en nuestros países en que llamamos democracia a regímenes políticos burocrático-representativos que casi nunca implican una real posibilidad de acceso y participación en la toma de decisiones por parte de las mayorías ciudadanas que permanecen desorganizadas, pero que al menos garantizan la libertad de pensamiento, de asociación y cierta movilización social, lo que no es poco (aunque tales libertades se enmarcan dentro de límites bastante estrictos dados por una fuerte restricción en el acceso a los recursos necesarios para difundir el pensamiento libre y para sostener organizaciones autónomas que no se conformen a los poderes políticos predominantes).
Digo que estoy de acuerdo, pero agrego que este enfoque del tema me parece limitado, insuficiente e incluso anacrónico, cuando se hace referencia a la economía de solidaridad y no solamente al cooperativismo y la autogestión, y cuando nos planteamos el tema en el actual contexto latinoamericano. Para comprender bien lo que quiero plantear, lo primero es asumir que la economía de solidaridad es una realidad y un proyecto mucho más vasto que el cooperativismo y la autogestión. Entonces, precisemos ante todo el concepto.
Por economía de solidaridad entendemos la introducción de la solidaridad como elemento activo, fuerza productiva y matriz de relaciones y comportamientos económicos, en los procesos de producción, distribución, consumo y acumulación. Una presencia operante de la solidaridad, no marginal sino central, suficiente para determinar el surgimiento de un nuevo modo de hacer economía, o sea el establecimiento de una racionalidad económica especial, distinta, alternativa, que da lugar: a nuevas formas de empresa basadas en la solidaridad y el trabajo; a nuevas formas de distribución que articulan relaciones de intercambio justas con relaciones de comensalidad, cooperación, reciprocidad y mutualismo; a nuevas formas de consumo que integran las necesidades comunitarias y sociales a una matriz de necesidades fundamentales para el desarrollo integral del hombre y la sociedad; y a un nuevo modo de acumulación, centrado en los conocimientos, las capacidades de trabajo, la creatividad social, la vida comunitaria y los valores humanos, capaz de asegurar un desarrollo sustentable social y ambientalmente.
Así concebida la economía de solidaridad, podemos reconocer en ella una dimensión microeconómica, otra de movimiento sectorial, y una perspectiva macrosocial. Considerar estas distintas dimensiones nos da una perspectiva nueva para abordar el tema del seminario.
La dimensión microeconómica está dada por todas las experiencias, iniciativas, organizaciones y empresas que manifiestan al menos en algún grado, querer organizarse y operar con los criterios de la racionalidad económica solidaria. No se pide que sean perfectamente solidarias, sino que en algunas de sus estructuras (por ejemplo, de propiedad, de gestión, de organización del trabajo, de distribución de los excedentes, de desarrollo tecnológico, de relacionamiento con el mercado, etc.) operen con la racionalidad solidaria, de modo que ésta pueda irse expandiendo hacia otras zonas de la organización y operación al evidenciarse que el modo solidario proporciona beneficios superiores a los que pueden alcanzarse en las formas individualistas, competitivas, conflictivas, no solidarias.
La dimensión sectorial, de movimiento social y de sector económico, está dada por la convergencia de múltiples, plurales y diversificadas experiencias que surgen del protagonismo social en el enfrentamiento de los más graves problemas, desequilibrios y conflictos que afectan a la sociedad contemporánea, y que se agravan en el marco de su actual crisis. En este sentido, la economía de solidaridad es un proceso multifacético en el que confluye una pluralidad de caminos por los que transitan experiencias e iniciativas sociales muy variadas, pero que comparten la racionalidad de la economía solidaria. Ellos son:
· El camino de los pobres y excluidos, que buscan subsistir mediante iniciativas de economía informal y popular, una parte de las cuales se constituye como organizaciones económicas solidarias y de ayuda mutua, configurando una economía popular solidaria.
· El camino de los trabajadores, que aspiran a mejorar sus condiciones de trabajo, de vida y de ingresos sea al nivel del trabajo dependiente donde la solidaridad se manifiesta en sindicatos y gremios que incrementan su fuerza negociadora frente a los empleadores, sea al nivel del trabajo independiente  donde la solidaridad valoriza la fuerza de trabajo a través de su organización autónoma y su gestión asociativa, configurando entre ambos niveles una economía del trabajo solidaria.
· El camino de la promoción social y de la solidaridad con los pobres, que se manifiesta en la creación de múltiples organizaciones no-gubernamentales, centros de servicios a la comunidad, grupos de apoyo, corporaciones y fundaciones sin fines de lucro y con objetivos sociales, que configuran una economía de donaciones y servicios solidaria.
· El camino de la participación social, a nivel barrial, comunal y de vecindad comunitaria, que se expresa en asociaciones, clubes, centros sociales, iniciativas de abastecimiento, de salud, de capacitación, de trabajo barrial, de madres, de jóvenes, etc., que mediante la asociación y la acción solidaria participan en la gestión de recursos locales disponibles, en la planificación de presupuestos y en la ejecución de planes de desarrollo comunales, todo lo cual configura la que podemos llamar una economía local y comunal solidaria.
· El camino de la acción transformadora y del desarrollo alternativo, en que la solidaridad se expresa en grupos, asociaciones y movimientos de los más variados tipos, los cuales se plantean contra el modelo económico imperante y buscan aportar al cambio social mediante iniciativas concretas en las que se experimentan nuevas formas de vivir, de relacionarse y de hacer las cosas; así se va configurando una cierta perspectiva de desarrollo alternativo solidario.
· El camino de las tecnologías apropiadas y del desarrollo local, que se propone rescatar formas tecnológicas antiguas y crear otras nuevas susceptibles de ser apropiadas por las comunidades locales, sea en el terreno de la construcción de viviendas, de los cultivos y crianzas orgánicas, de las energías limpias y renovables, eólica, solar, hídrica, etc., y cuyo aprovechamiento natural no es por las empresas capitalistas sino por las iniciativas económicas comunitarias, de modo que contribuyen a configurar tecnologías de economía solidaria..
· El camino del cooperativismo, la autogestión y el mutualismo, que se constituyen como genuina economía de solidaridad en cuanto experimenten un proceso de renovación teórica y práctica que las lleve a recuperar su identidad original, superando las ineficiencias y distorsiones en que han caído como consecuencia del burocratismo interno, del acomodarse a las lógicas del mercado capitalista, y del ponerse al servicio de programas sociales y clientelares del Estado. Con tal orientación, constituyen una auténtica economía cooperativa y autogestionada solidaria.
· El camino de la ecología y del desarrollo sustentable, que tomando conciencia de que los deterioros del medio ambiente y los desequilibrios ecológicos son consecuencia de modos de producir, distribuir, consumir y acumular individualistas, competitivos y conflictivos, buscan formas económicas amigables y ecológicas, las cuales evidencian que solamente con el ejercicio de la cooperación y la solidaridad es posible que el intercambio del hombre con la naturaleza -que eso es la economía- no dañe sino que respete, proteja y recupere el medio ambiente. Así se configura y crece la búsqueda de una economía ecológica solidaria.
· El camino de la mujer y el de la familia, que en cuanto dan lugar a la formación de microemprendimientos de base familiar o basados en asociaciones con identidad de género, expresan solidaridad en sus modos de ser, de organizarse y de hacer economía. Podemos hablar de una economía familiar y de una economía de género solidarias.
· El camino de los pueblos originarios, que en los vastos y variados territorios latinoamericanos luchan por la subsistencia de sus comunidades mediante la recuperación o reafirmación de su identidad étnica y cultural, que se expresan en formas de trabajo que han sido siempre comunitarias y solidarias, constituyendo en consecuencia verdaderas economías indígenas solidarias.
· El camino de las búsquedas espirituales y religiosas, que viene siendo recorrido por grupos que conforme a sus respectivas fe y creencias buscan vivir la fraternidad y solidaridad que están en la esencia de los mensajes espirituales y religiosos. Buscando vivir también en lo económico de manera consecuente con la fe y la ética que profesan, se han venido configurando economías budista, hinduista, cristiana solidarias.
Me esfuerzo en llamar y en que se llame economía solidaria o economía de solidaridad, a estas distintas búsquedas de formas económicas distintas, en razón de que lo son en esencia: experiencias que introducen consistentemente la solidaridad en la producción, la distribución, el consumo y la acumulación, determinando con ello una común racionalidad económica solidaria. Pero hay también motivos que podemos llamar políticos, para integrar todas estas diversas experiencias sociales bajo la común denominación de economía solidaria.
Con distintas motivaciones y con diferentes nombres, quienes transitan por estos diversos caminos experimentan en la práctica la economía de solidaridad, y reflexionando sobre lo que experimentan pueden descubrir la racionalidad económica especial que tienen en común. A poco andar, quienes iniciaron la búsqueda por una motivación y camino, se van encontrando con los que se orientan en la misma dirección con otras motivaciones y caminos. Entonces, aprenden unos de otros, comparten y enriquecen sus motivaciones, van descubriendo que forman parte de una misma búsqueda global, que les proporciona un sentido de pertenencia, de proyecto y de identidad común, que requiere ser nombrado para adquirir presencia y fuerza social.
Tal es el sentido de la denominación economía de solidaridad, que responde a la necesidad que del encuentro y del mutuo reconocimiento de la común identidad solidaria, que comparten la economía popular, la economía del trabajo, la economía de participación local y comunal, la economía de donaciones y servicios de apoyo, la economía cooperativa y autogestionaria renovadas, la economía local y de tecnologías socialmente apropiadas, la economía de los pueblos originarios, la economía familiar y de género, y las economías fundadas en búsquedas espirituales y religiosas, de todas ellas convergiendo, surja una alternativa real que adquiera la fuerza necesaria para realizar un gran proyecto social.
Es desde esta óptica y con esta mirada amplia, que podemos replantearnos la pregunta inicial sobre el impacto y las proyecciones políticas, sociales y culturales de la economía de solidaridad, que alude a la dimensión macrosocial de su proyecto. Y teniendo en cuenta la identidad y la pluralidad de componentes de la economía de solidaridad, se hace posible también invertir la pregunta, para intentar no sólo ver cuáles son los impactos y proyecciones que puedan tener estas experiencias y procesos, sino cuáles sean las necesidades que claman desde lo hondo de la crisis y de las contradicciones de la sociedad actual, y respecto a las cuales el desarrollo de la economía de solidaridad puede desplegar respuestas, esbozos de solución, proyectos posibles.
¿Qué es lo que ocurre, en qué estamos, cuáles son los desafíos que debemos enfrentar, en nuestra América Latina, que es el ámbito en el cual hay que abordar la pregunta de este Seminario? Pienso que basta recorrer las últimas décadas de la historia de nuestros países, y extender la mirada sobre la situación actual de la gran mayoría de ellos, para comprender que ya no cabe continuar simplemente hablando de crisis (esa palabra central de todos los análisis efectuados en latinoamérica en los últimos 50 años), siendo necesario reconocer más bien que estamos ya ante el fracaso de nuestros países, al nivel de nuestros Estados nacionales y de nuestras economías. Estados con enormes e insalvables déficits fiscales, economías endeudadas por montos que no pueden razonablemente ser pagados, aparatos productivos que mantienen desocupados o subocupados a más de la mitad de la población económicamente activa, sistemas financieros y empresariales enajenados al capital foráneo, países completamente dependientes hasta para entretenernos, para no hablar de nuestra dependencia política, cultural e incluso cognoscitiva, estamos llegando a una situación en que los propios poderes mundiales de los cuales dependemos están próximos a considerarnos inviables, de excesivos riesgos, no aptos para invertir, como ya ocurrió antes con extensas regiones del continente africano.
Lo que estuvo en crisis por 50 años y que finalmente fracasó, no es otra cosa, ni nada menos, que la aplicación a América Latina de la civilización moderna, aquella civilización industrial-capitalista y nacional-estatista, que llegó a nuestro continente desde Europa y norteamérica, y que fuera implantada mediante una mezcla de fuerza y de seducción, sobre una región que para ello tuvo que vender su alma, o sea, perder su identidad y su cultura. "Fuimos vaciados, estamos fundidos" claman los argentinos cuyo país está empezando a vivir la situación que poco a poco irá invadiendo la región latinoamericana entera.
Del diagnóstico del fracaso de una civilización deriva la necesidad de que el proyecto transformador y constructor se oriente en la perspectiva de una civilización nueva.
El tema así planteado, trasciende todo lo que podamos decir en los pocos minutos en que podemos extender aún esta presentación. Lo hemos tratado ampliamente en algunos libros, y especialmente en Los Caminos de la Economía Solidaria, donde examinamos los contenidos y las formas que puede asumir una nueva civilización latinoamericana, y los aportes que a su construcción puede hacer la economía de solidaridad, recorriendo simultáneamente los distintos caminos señalados. Aquí sólo cabe, a manera de incitación más que de conclusiones, mencionar algunos elementos que apuntan a hacer visible y digna de atención la tesis de que el proyecto macrosocial de la economía de solidaridad, en América Latina, puede ser, si lo queremos intensamente y lo impulsamos consecuentemente, la construcción de una nueva civilización solidaria, que tiene raíces profundas en las culturas y la historia de nuestros pueblos.
         Contruir una nueva civilización implica encontrar una forma integradora de la vida social, en dimensiones latinoamericanas, capaz de recoger en un sistema unificado y coherente de significados, los esfuerzos de los pueblos y naciones del subcontinente orientados hacia el desarrollo económico-social y la autonomía político-cultural. Sostenemos que la elaboración histórica de esta forma integradora latinoamericana debe proceder, no en contraposición respecto a las unidades nacionales establecidas, pero según una lógica de búsqueda completamente diferente de aquella que fue seguida en la construcción de la forma estatal-nacional. Lógica de elaboración de la forma unificadora, diferente en tres aspectos esenciales:
         a) A diferencia de las unidades estatal-nacionales que se constituyeron mediante la afirmación de la unidad negando las diferenciaciones, o sea mediante el ocultamiento de las particularidades étnicas, culturales, económicas internas, la unidad latinoamericana deberá buscarse y construirse a través de un proceso de recuperación de todas las diferenciaciones y de todas las complejidades, el pluralismo y la heterogeneidad estructural existente en la región en lo político, económico, demográfico y cultural.
         b) Mientras en la construcción de los Estados nacionales no era posible mirar al pasado y a las tradiciones para encontrar la identidad (siendo entonces la entidad estatal-nacional algo completamente nuevo y traído desde fuera), la forma integradora latinoamericana podrá ser individualizada y construIda precisamente mediante una reinterpretación crítica de su historia desde los orígenes. Al respecto hay que reconocer que la cultura latinoamericana todavía no ha tomado plena conciencia y aceptado sus orígenes indígenas y su pasado colonial, y ello le impide alcanzar una adecuada comprensión y una justa valoración de su propia identidad.
         c) Una tercera diferencia en la lógica de construcción de la forma integradora latinoamericana respecto a la forma estatal nacional se refiere al modo de alcanzar la institucionalización y de lograr la conformación de las personas y grupos al nuevo sistema ético-político. Los estados nacionales fueron inaugurados mediante un acto central de tipo político, consistente en la formación de un gobierno y en la promulgación de una constitución y de leyes a que debían conformarse los comportamientos, relaciones y actividades. La forma integradora latinoamericana, sin rechazar por cierto la oportunidad de determinados actos de tipo jurídico predispuestos desde arriba, debiera organizarse, adquirir formas y contenidos y conformar los comportamientos, desde abajo, esto es a través de un proceso muy complejo y multiforme de agregación social, cultural y política protagonizado por las comunidades y los grupos sociales de variados tipos que llegan a ser sujetos de nuevas relaciones sociales.
         La nueva civilización latinoamericana será construida desde la base mediante la articulación organizativa y la unificación cultural de sus componentes individuales, comunitarios y colectivos. Desde las comunidades y organizaciones de base habrían de surgir nuevos grupos dirigentes así como los elaboradores de una cultura superior, que den coherencia y que potencien los movimientos históricamente significativos y los valores populares latinoamericanos, evitando la ruptura entre cultura culta y cultura popular, entre dirigentes y dirigidos.
         Es obvio que una civilización no se construye arbitrariamente ni en base a proyectos inventados por personas o grupos más o menos distanciados de los reales problemas e intereses de la sociedad, sino a partir de iniciativas y procesos que partan de las fuerzas sociales existentes y que, comprendiendo los problemas derivados del fracaso de la civilización anterior, tengan posibilidades efectivas de darles solución. La nueva civilización, o está ya emergiendo desde la crisis de la anterior que hace surgir las orientaciones y las fuerzas constructoras de la nueva, o simplemente no podrá aparecer.
         Pues bien, el análisis de los caminos que abren procesos y movimientos orientados en la perspectiva de la economía de solidaridad nos ha puesto ante una multitud inmensa de fuerzas sociales que pueden crecer y multiplicarse. Esas fuerzas sociales son tan amplias, y están relacionadas tan directamente con los grandes problemas de la sociedad latinoamericana, que es realista pensarlas como agentes potenciales de un proceso histórico de largo aliento que contribuya eficazmente a suscitar una civilización nueva.
         Por las características, contenidos y racionalidad de las experiencias que se están formando por esos caminos es posible identificar algunos importantes elementos de contenido con que la economía solidaria puede contribuir a la civilización de que hablamos.
         Un primer elemento dice relación con la especial característica que define a estas organizaciones como polivalentes y multi-activas, en cuanto combinan actividades de carácter económico, social, político y cultural como parte de su propio funcionamiento y dinámica. En tal sentido, se da en estas experiencias la búsqueda y la real elaboración de nuevas y más estrechas relaciones entre economía, política y cultura, aspecto muy destacable atendiendo a que la crisis de la actual civilización se caracteriza precisamente por la separación y tendencial contradicción entre esos distintos niveles de la vida social.
         Un segundo elemento se refiere a la centralidad del trabajo en la economía, poniéndose de este modo el hombre y su actividad por sobre las cosas y su valor monetario. El trabajo supera su condición subalterna y adquiere autonomía, pudiéndose desplegar por su intermedio aquellas cualidades de creatividad y desarrollo personal que son inherentes a su especial dignidad humana.
         Un tercer elemento tiene relación con el tamaño de las organizaciones y operaciones, que se realizan en la economía solidaria a escala humana. Sabemos que una característica de la civilización moderna es la tendencia a las grandes organizaciones, en las cuales el hombre se desarrolla unilateralmente en cuanto cumple en ellas funciones crecientemente especializadas y parciales, y donde el hombre resulta masificado y estandarizado. El privilegiamiento de las dimensiones pequeñas, junto con favorecer una mayor integralidad en el desarrollo personal en cuanto en ellas cada individuo participa y asume responsabilidades en las diversas funciones y etapas del proceso productivo, permite que las personas perciban su organización como algo propio, alcanzando un mayor control sobre sus condiciones de vida.
         Un cuarto elemento corresponde al desarrollo de la convivialidad, al establecimiento de relaciones humanas personalizadas y socialmente integradoras, en el marco de asociaciones y comunidades que definen un nivel de pertenencia e interacción social más satisfactoria. Se trata de un modo de superar el individualismo mediante la construcción de una solidaridad social que no atenta contra la libertad individual, porque se construye directamente en la relación interpersonal y no por la articulación forzada de los individuos a través de la acción ordenadora del Estado o de algún otro ente provisto de poder que se levanta y actúa por encima de las personas. El acceso a niveles más amplios de agregación social y socialización se verifica por el relacionamiento directo entre asociaciones y comunidades, de manera que la sociedad se constituye y ordena de abajo hacia arriba, como una comunidad de comunidades interrelacionadas.
         Un quinto elemento se refiere al nuevo tipo de relaciones entre dirigentes y dirigidos que se establece en cada grupo y a través de la participación de las asociaciones y de la comunidad organizada en la toma de las decisiones que afectan a todos. En la civilización emergente se superaría de este modo la escisión entre la sociedad civil y la sociedad política, característica de la civilización moderna exacerbada por su crisis. Siendo la relación orgánica entre dirigentes y dirigidos uno de los elementos formales constitutivos de cualquier civilización, el aporte que en tal sentido hace la economía de solidaridad a través de la participación y la autogestión resulta decisivo.
         Un sexto elemento dice relación con un significativo proceso de aproximación en los niveles de vida y de riqueza al que pueden acceder los distintos sectores y grupos sociales que se constituyen a partir de la organización económica. En este sentido destaca el aporte de la economía de solidaridad a la democratización del mercado, que implica una distribución socialmente más equitativa de la riqueza, del poder y del conocimiento, los tres factores generadores de la división y el conflicto entre las clases y sectores sociales. La civilización emergente, en la medida que resulte influída por un alto desarrollo de la economía de solidaridad, será constitutiva de sociedades mejor integradas, menos divididas y conflictuales, sin que ello implique una pérdida sino incluso un enriquecimiento del pluralismo y la diferenciación social resultante de las opciones libres de las personas, comunidades y grupos.
         Un séptimo elemento se refiere a las características y modalidades que asuman los procesos de desarrollo y cambio social en la nueva civilización. Allí, naturalmente, se desplegarán también energías orientadas al cambio, que dinamizarán la sociedad y contribuirán al despliegue de sus potencialidades; pero la economía de solidaridad las orientará constructiva y creativamente, en procesos descentralizados y de dimensiones locales, atendiendo a los problemas particulares que se presenten en cada lugar y a las reales aspiraciones de quienes los viven. El desarrollo podrá desplegarse en sentido más integral y equilibrado, en correspondencia con aquella concepción del desarrollo alternativo al que apunta la economía de solidaridad.
         Un octavo elemento alude al establecimiento de un nuevo tipo de relación entre el hombre y la naturaleza, mediatizada por una economía que se responsabiliza de los efectos transformadores del medio ambiente que tienen la producción, la distribución y el consumo. Podrá tratarse de una civilización que asume la naturaleza como un todo viviente que ha de ser respetado en sus propios equilibrios y procesos, y no como una realidad articulada mecánicamente y compuesta de elementos y energías materiales susceptibles de ser dominados y utilizados indiscriminadamente por el hombre. Si la cuestión ecológica tal vez sea la que con mayor imperiosidad y urgencia plantea la necesidad de una civilización distinta, el aporte de la economía de solidaridad podría ser realmente crucial.
         Un noveno elemento corresponde a la consolidación de una nueva situación de la mujer y la familia, que podrán desplegar su identidad y potencialidades en todas las esferas de la vida so­cial, política, económica y cultural, en el marco de relaciones equilibradas entre los géneros y las generaciones. La civilización emergente se caracterizará entonces por la presencia no subordinada de lo femenino, que marcará con su sello las relaciones y procesos sociales de un modo históricamente original. En la civilización moderna la familia dejó de estar al centro y de ser el sostén de la socialización, como lo había sido en todas las civilizaciones anteriores. Recuperar su centralidad en las diversas dimensiones de la actividad social, como de hecho empieza a suceder con la economía de solidaridad, tal vez sea una de las sorpresas que nos depare la civilización emergente.
         Un décimo elemento dice relación con la necesidad de que la nueva civilización latinoamericana valorice la diversidad étnica y cultural constituyente de la región. En la medida que la economía de solidaridad hunde sus raíces, se nutre y vigoriza sus búsquedas en contacto con las formas económicas de los pueblos originarios, su aporte puede ser decisivo en la perspectiva de la búsqueda y elaboración de aquella forma integradora que exprese la identidad de una América Latina unificada según una lógica de integración inversa de aquella que condujo a la formación de los Estados nacionales del subcontinente.
         Un último elemento alude a la dimensión espiritual de la civilización, aquella en que las personas, grupos y sociedades encuentran o proporcionan sentido a lo que hacen y viven, y que parece ser efectivamente la razón definitiva por la que está muriendo la civilización actual. La economía de solidaridad rescata una concepción del hombre como persona libre abierta a la comunidad, sujeto de necesidades y aspiraciones en las dimensiones personal y comunitaria, corporal y espiritual, capaz de actuar conforme a valores superiores, que no busca únicamente su utilidad individual sino que también ama a sus semejantes y se abre a sus necesidades, que se preocupa del bien común y se proyecta a la trascendencia. Los valores del trabajo y la solidaridad fundantes de la economía solidaria, fortalecidos y enriquecidos por las fuerzas interiores y profundas del espíritu, pueden ser los que sostengan la nueva civilización latinoamericana, que bien podría ser una civilización de la solidaridad y el trabajo.

Luis Razeto

* Ponencia presentada por Luis Razeto en el II FORO SOCIAL MUNDIAL, realizado en Porto Alegre, Brasil, en Febrero 2002.

Para quienes deseen profundizar el conocimiento de la economía solidaria, de la crisis de la civilización moderna, y quisieran ser parte de las iniciativas de la economía solidaria y de los procesos emergentes que están iniciando la creación de una civilización nueva y superior, recomendamos los libros:


sábado, 24 de agosto de 2019

¿POR QUÉ NO PASA CASI NADA CON EL CUIDADO DEL PLANETA?


Los problemas del planeta tierra, provocados por la actividad humana, son muy serios. Cada vez hay más evidencia científica sobre el cambio climático, los desequilibrios ecológicos y el deterioro del medio ambiente, producidos por el modo en que crece y se expande la economía y la sociedad sobre la tierra. Los efectos ya se dejan sentir sobre la población, que se ve afectada por cada vez más frecuentes y graves desastres (incendios de bosques, aluviones, inundaciones, sequías, etc.). Se sabe que continuar por el mismo camino conducirá en algún momento no muy lejano a una verdadera catástrofe ambiental y demográfica que afectará a toda la especie humana. Lo sorprendente es que, si bien aumenta el conocimiento científico y la conciencia social sobre todo esto, nuestras sociedades no cambian de rumbo y se persiste en crecer, producir, consumir y vivir de los mismos modos en que se viene haciendo, con tan graves y evidentes consecuencias.
Cabe preguntarse ¿por qué no pasa casi nada con el cuidado de la tierra y de la vida? Encontrar respuesta a esta pregunta es fundamental, pues sólo conociendo la causa es posible removerla, o al menos, actuar seriamente para reducir sus efectos de modo sustancial.
Lo primero es que todos piensan que los responsables (o culpables) del deterioro ambiental son ‘otros’. Los pobres piensan que son los ricos, que despilfarran bienes y sobreexplotan los recursos naturales y la energía. Los ricos piensan que son los pobres, que no cuidan su ambiente y se multiplican de manera excesiva. Estados Unidos y los países europeos responsabilizan a los países subdesarrollados y emergentes (China, India, Paquistán, Brasil, etc.); los países emergentes y menos desarrollados lo atribuyen a los países más ricos. Los consumidores piensan que la culpa es de los productores, especialmente de las grandes empresas y corporaciones; los productores y las empresas sostienen que ellos no hacen más que atender las demandas de los consumidores, que serían los responsables últimos de lo que producen.
Lo segundo es que todos piensan que las decisiones y acciones que podrían detener el deterioro deben tomarlas ‘otros’, no ellos mismos. Los ciudadanos piensan que es el Estado el que debe regular a las empresas e impedir que los responsables continúen causando el deterioro ambiental. Los gobiernos piensan que no pueden hacer mucho porque los ciudadanos no respaldarían decisiones políticas que impliquen reducción del crecimiento, del empleo y del consumo. Los empresarios piensan que su objetivo es producir y vender según las demandas de los consumidores y conforme a las regulaciones que establezca el Estado, y que las empresas se adaptan a las decisiones que tomen esos otros: el Estado y los consumidores.
Lo tercero es que, quien superando los dos puntos anteriores entienda que debe hacer algo por su propia cuenta para enfrentar el problema, llega fácilmente a la conclusión de que tomar la iniciativa le implicará un costo muy alto, que podría incluso impedirle a él mismo continuar en el futuro por la senda de la sustentabilidad. Se piensa que si un país se adelanta a los otros tomando medidas de protección ambiental consistentes, vería reducirse las inversiones y los flujos financieros no llegarían al país, con lo que su crecimiento se retrasaría y perdería las oportunidades que ofrecen los mercados y que serían aprovechadas por otros. Una empresa que se adelante a las otras tomando resguardos ambientales entenderá que sus costos de producción aumentarán y podrá perder competitividad. Un ciudadano que cuide el ambiente y comience a vivir conforme a criterios ecologistas tendrá que renunciar a muchos aspectos del bienestar que ofrece la sociedad, y al consumo de muchos bienes.
Lo cuarto es que, cuando alguien finalmnte decide ‘hacer algo’ por su cuenta, se ve fuertemente desmotivado a persistir cuando son tantos los que piensan y le dicen que su acción particular no tendrá un efecto significativo que impacte realmente en la solución del problema. Esto lo hará concluir que persistir en su iniciativa asumiendo altos costos, sólo dará lugar a beneficios sociales muy pequeños e incluso insignificantes. Se piensa que el problema que afecta al medio ambiente y a la humanidad entera es tan gigantesco, tal ‘sistémico’, que frente a ello toda iniciativa y acción que se emprenda será infinitesimalmente pequeña, pudiendo tener un impacto irrelevante que no revertiría tendencias generales de dimensiones planetarias.
Podemos sintetizar los cuatro puntos mencionados en el hecho que todos rehuimos el sacrificio. Y existe la creencia generalizada en que actuar y vivir de modo de mejorar el ambiente, proteger la vida y salvar el planeta implica muchos y grandes sacrificios. Y, naturalmente, nadie quiere libremente sacrificarse. ¿Por qué sacrificarse si se piensa que los responsables (o culpables) son otros, si se cree que las iniciativas y acciones debieran ser emprendidas por otros, si se teme que los costos en que se incurrirá son excesivos, y si se está convencido de que la propia acción tendrá efectos insignificantes frente a un problema ‘sistémico’ que parece irreversible?
Así, hemos encontrado respuesta a nuestra pregunta de por qué no pasa casi nada con el cuidado del planeta. Surge, en consecuencia, una nueva pregunta: ¿qué podemos hacer para remover esas causas de que no se emprendan iniciativas serias, durables y consistentes para detener el deterioro ambiental, los desequilibrios ecológicos y el cambio climático?
Ante todo, parece necesario modificar aquellas creencias y formas de pensar que inhiben la acción, y que en realidad son creencias falsas y formas erróneas de pensar.
Empecemos por la idea de que el problema, siendo de dimensiones planetarias y de alcance ‘sistémico’, es tan grande que cualquier acción que emprendamos para enfrentarlo es insignificante e ineficaz para revertir la situación y la tendencia predominante. La formulación más extrema de este pensamiento es la del Dr. James Lovelock, autor de la Teoría Gaia, que postula que el planeta es un organismo vivo, compuesto por una red viviente de organismos que a través de su interacción conforman el delicado equilibrio de la biósfera, que se reproduce autorreferencialmente, que se autorregula para mantenerse en homeostasis, y que actúa y reacciona como un todo. Ha escrito recientemente este autor en su último libro, The Revenge of Gaia, que el clima extremo será la norma causando gran devastación; para el 2040 Europa se parecerá al Sahara y buena parte de Londres estará bajo el agua. Lovelock sostiene que ante ello no hay nada que hacer, que las acciones estilo “salva al planeta, dejando de usar bolsas de plástico”, o propuestas parecidas son una fantasía que nos han hecho creer para sentirnos mejor, pero no hacen una diferencia, porque es demasiado tarde, y que las políticas ‘verdes’, como el desarrollo sustentable, son sólo palabras que no aportan reales soluciones.
Pues bien, el pensamiento de Lovelock tiene escasa consistencia científica, expresa un punto de vista lineal típicamente reduccionista, y simplifica la realidad al proponer una teoría global a partir de hechos y aspectos particulares. Ese modo de pensar es una característica de las ideologías totalitarias y de algunas versiones sociológicas que postulan que toda la realidad social, económica, política y cultural está integrada funcionalmente y que cada aspecto de ella se encuentra marcado por un único rasgo esencial. Así, se desconoce la pluralidad y se hace imposible comprender la posibilidad de transformaciones estructurales que no sean 'sistémicas', esto es, globales y completas, y que se cumplan 'de una vez'. Con dicho simplismo analítico se afirma, por ejemplo, que la economía de un país es enteramente capitalista, sin atender al hecho real y concreto de que en cualquier sociedad encontramos una diversidad de formas económicas, unas más desarrolladas y centrales que otras, y que el propio capitalismo tiene aplicaciones diferenciadas. En otro ejemplo, algunos ecologistas afirman que la especie humana es depredadora, en razón de lo cual el planeta se orienta inevitablemente al colapso ecológico; desconociendo que ha habido y hay pueblos y comunidades que progresan en armonía con la naturaleza.
El conocimiento comprensivo y el pensamiento complejo nos permiten comprender la diversidad y la complejidad de las estructuras y de los procesos reales, y ello hace posible generar iniciativas de transformación diversas, creativas, autónomas, que parten del análisis particular de las condiciones particulares en que vive y actúa cada persona, cada comunidad, cada país. Es así que las ciencias complejas y comprensivas integran al análisis de los temas ambientales dos datos fundamentales: la diversidad geográfica y ecológica del planeta, y la diversidad de culturas, de economías y de políticas, de racionalidades y de modos de vivir, que coexisten en la humanidad y en la tierra. Así se comprende que es simplista pensar el tema que aquí nos ocupa, considerando por un lado 'el planeta' y por otro 'la especie humana', como si fueran realidades 'globales', internamente no diferenciadas.
Yo invito a pensar que si el planeta es una esfera, como lo es, cada uno de nosotros se encuentra ‘en el centro del mundo’, y que cada uno en interacción con sus cercanos es responsable de los espacios en que se desenvuelve su vida y sobre los cuales recae su actuar. Cada lugar de la tierra es único y distinto a todos los otros lugares. Siendo el planeta tan diverso y variado, la verdad es que no sirven mucho las acciones ‘globales’. Lo que se requiere es exactamente lo contrario: una multiplicidad de iniciativas y de acciones particulares, locales, diversas, desplegadas con la máxima descentralización, de modo que en cada lugar o territorio donde se encuentre asentada una persona, una familia, una comunidad, un país, ellos mismas se hagan cargo de su propio ambiente y de las condiciones y circunstancias ecológicas en que se desenvuelve su vida. Dicho más concretamente, cada uno es responsable de la ecología en su casa, en barrio, en su Comuna, en su territorio.
De este modo superamos otro de los errores y modos de pensar que inhiben la acción, a saber, la creencia en que son ‘otros’ los que han de responsabilizare de los problemas que nos afectan. Cualquiera sea la causa, cualquiera sea el culpable de un problema ambiental que afecta la vida de una localidad, es a los miembros de esa misma localidad, y a todos los afectados por esa situación particular, a quienes les compete primeramente hacerse cargo y actuar consistentemente para revertir los problemas que detecte y restablecer el equilibrio perdido.
De un modo similar, respecto a los más grandes problemas que afectan al planeta y a la creencia de que los ‘culpables’ de ellos son las grandes empresas y corporaciones, o los Estados y los poderosos, también cada uno de nosotros tiene mucha responsabilidad y culpa que asumir. Porque es un hecho que a las grandes empresas y corporaciones las sostenemos los consumidores cada vez que optamos por comprar sus productos y que les entregamos nuestro dinero. Y a los gobiernos y sus políticas de crecimiento y concentración del poder las sostenemos los ciudadanos que delegamos en ellos decisiones que debieran ser nuestras, y cuando les exigimos que resuelvan nuestros problemas del modo ostentoso y dispendioso en que el Estado suele hacerlo, y cuando elegimos a gobernantes obsecuentes al darles nuestro voto.
Llegamos así, a la última de las creencias erróneas que inhiben la acción de muchos. La percepción del sacrificio en que han de incurrir los que deciden actuar, mientras ‘los otros’ no hacen nada por enfrentar la situación. Sacrificio que se teme, que no se asume y que se evita especialmente si se piensa que es injusto, estéril e ineficaz. Pienso que éste es un asunto crucial, que merece la más atenta reflexión y un cuidadoso análisis.
Lo primero que hay que preguntarse es: ¿cuál es, y cómo es, el sacrificio implicado en la decisión personal, o familiar, o comunitaria, o nacional, de la opción que se haga por cambiar el rumbo y dejar de deteriorar el planeta?
Tanto a nivel personal como a nivel social, lo que se requiere es un cambio en el modo de vivir, que si se considera en términos del sacrificio, implica disminuir el consumo de cierta cantidad de bienes de origen industrial cuya producción es muy intensiva en el empleo de recursos no renovables y de energías contaminantes. A personas y a grupos muy integrados en la vida moderna este sacrificio puede parecerles que es muy grande; a una gran mayoría de quienes gozan de menos privilegios y de un reducido acceso al consumo, ese sacrificio debiera resultarles bastante pequeño, a no ser que aspiren desesperadamente a integrarse también al consumismo.
Pero ambas situaciones deben ser examinadas considerando y haciendo pesar en la balanza de los costos y de los beneficios, lo que implica estar integrados a las dinámicas del consumo moderno en términos del dinero que se debe necesariamente ganar y gastar para lograrlo, del endeudamiento en que se suele incurrir, del estrés y otros problemas de salud física y mental asociados al ritmo del consumismo, y de todo aquello a que se acostumbra renunciar en aras de mantenerse ‘actualizados’ con las novedades del mercado, a saber, descuido de la vida familiar, reducción del tiempo disponible para el ocio, las artes y la reflexión, aislamiento y escasa participación en la convivencia comunitaria, etc. La verdad es que los sufrimientos humanos que ocurren en el actual modo de organización de la vida son inconmensurables, y qué decir de los realmente aterradores que provocan periódicamente los desastres generados por la crisis ambiental.
Pero además, no se trata solamente de renunciar a ciertos modos de consumir y de vivir, sino de sustituirlos por otros modos de vivir y de satisfacer las necesidades, que pueden ser incomparablemente mejores en términos de la felicidad que proporcionan y de la calidad de vida a que pueden conducir. En efecto, la cercanía y contacto con la naturaleza proporciona placeres muy especiales, una alimentación sana es fuente de salud, el cultivo de la amistad y de la convivencia comunitaria puede ser fuente de muchas alegrías, la combinación del estudio con el trabajo autónomo y asociado es motivo de permanente desarrollo personal, una dedicación más activa a la lectura, a las artes, a la cultura y a los valores espirituales conduce a las más elevadas satisfacciones interiores.
La opción por un buen vivir en relación armónica con la naturaleza, en convivencia con una comunidad de amigos y vecinos, con énfasis en la cultura, el conocimiento y el desarrollo personal y espiritual, es un camino pleno de satisfacciones, alegrías y felicidad, que no proporcionan los bienes y las baratijas que ofrecen con exceso, agresiva e inmoderadamente las industrias y el mercado. Bienes a los que, por lo demás, no se trata de que haya que renunciar completamente, sino sólo en la medida de lo que desde un buen vivir como el descrito se llega a considerar prescindible, innecesario o superfluo.
Visto así, el sacrificio implicado se descubre que es realmente menor en comparación a los beneficios que se pueden obtener cambiando hacia los modos de vivir correspondientes a lo que podemos entender como una nueva y mejor civilización humana.
¿Se dirá que somos pocos los que tomamos esta opción mientras la mayoría persiste en sus maneras de consumir, de relacionarse y de comportarse? La tarea es atraerlos, convencerlos, mostrándoles ante todo que se puede vivir mejor, en un ambiente más sano física, mental y espiritualmente.
Los poderosos y los ricos difícilmente harán algo serio y consistente para enfrentar el deterioro de planeta, porque piensan que ellos están protegidos por su poder y su riqueza, y que en el peor de los casos, serán los últimos en ser afectados. No cabe por tanto esperar que sean ellos, los poderosos de la política y de la economía, quienes inicien o encabecen las acciones tendientes a enfrentarlos. Y es por eso que es preciso optar, cada uno, cambiando modo de vida, empezando a vivir como se vivirá en la nueva civilización, que es sin duda un modo de vida mejor que el que predomina actualmente.
Superados los temores y provistos de un conocimiento comprensivo y de un pensamiento complejo, optando por ese buen vivir, iremos construyendo economías solidarias, desarrollos locales, ambientes saludables, nuevos modos de desarrollo, que irán abriendo caminos hacia una nueva civilización, creativa, autónoma y solidaria, pluralista y multifacética, social y ambientalmente sustentable.
Luis Razeto

sábado, 10 de agosto de 2019

LAS CAUSAS DE LA DESIGUALDAD Y LO QUE SE PUEDE HACER


Un reciente Informe de Oxfam, llamado “Una economía al servicio del 1 %” muestra que, desde 2010, la riqueza de la mitad más pobre de la población se ha reducido en un billón de dólares. Esto ha ocurrido a pesar de que la población mundial ha crecido en cerca de 400 millones de personas durante el mismo período. Mientras, la riqueza de las 62 personas más ricas del planeta ha aumentado en más de 500.000 millones de dólares, hasta alcanzar la cifra de 1,76 billones de dólares.

En realidad, la desigualdad viene acentuándose desde hace varias décadas. Todos lo atribuyen al modo de producción, distribución, consumo y acumulación imperante, lo que es obvio; pero es necesario ser más específico en la comprensión del proceso que conduce a una desigualdad que viene acentuándose y que continuará en el mismo sentido en los próximos años. El hecho de fondo que explica esta tendencia a la concentración de la riqueza es el incremento de la productividad del capital, que resulta de los avances científicos y tecnológicos, y que conlleva, por un lado una progresiva sustitución de la fuerza de trabajo en los procesos productivos, y por otro, la marginación y salida del mercado de las unidades productivas de menor productividad y eficiencia.

Ahora bien, un aspecto clave que hay que tener en cuenta en toda esta dinámica económica es que el incremento de la productividad del capital y el desarrollo tecnológico inciden en una reducción de los costos de producción, y consiguientemente, en una reducción de los precios de los bienes y servicios, lo que beneficia a los consumidores.

Pero la tendencia de la concentración de la riqueza tiene como efecto, también, que los consumidores tienen menos ingresos autónomos con los cuales comprar los productos que se ofrecen en el mercado a precios decrecientes. Esto se ha venido compensando en los últimos años y décadas con un incremento del crédito al consumo, implicando un creciente endeudamiento de los consumidores. Consumidores cada vez más dependientes de los bancos, que deben destinar un creciente porcentaje de sus ingresos al servicio de los créditos solicitados en magnitudes cada vez mayores.

Para evitar las recesiones los Bancos Centrales han bajado las tasas de interés y aumentado la emisión monetaria. Pero estos dineros han terminado, crecientemente, en manos de las grandes corporaciones, precisamente por ser más competitivas y de mayor productividad, acentuándose así la concentración y la desigualdad.

También los Estados contribuyen de manera cada vez más importante al mantenimiento del sistema, sosteniendo la demanda y el consumo. Por un lado han creado constantemente nuevos empleos públicos, y por otro lado proveen a la población crecientes servicios sustitutivos de los que se ofrecen en el mercado, pero que igual implican demanda para las grandes empresas. Por poner un ejemplo, compran computadores que ofrecen gratuitamente a los estudiantes.

El problema es que este modo que tiene el Estado para sostener la demanda encuentra límites en la capacidad que tienen los gobiernos para obtener ingresos autónomos (que son los que obtiene por los impuestos, las multas, las rentas y los ingresos de sus propias empresas). Lo que hacen los Estados, entonces, para financiar los déficits en las finanzas públicas es, igual que los consumidores privados, endeudarse, emitiendo bonos y solicitando créditos. Así, lo poco que hasta ahora han podido hacer los gobiernos para reducir la desigualdad va siendo cada vez más reducido y marginal.

Crecientemente dependientes del sistema financiero internacional, los Estados buscan aumentar sus ingresos acrecentando la carga fiscal, esto es, aumentando los impuestos. ¿Pero a quiénes? No pudiendo hacerlo a las grandes corporaciones multinacionales (si lo hacen ellas se desplazan hacia otros países, desinvierten o amenazan con hacerlo), sólo pueden aumentar los impuestos a los productores locales y a los consumidores. Así las empresas locales se tornan cada vez menos competitivos, y continúan siendo desplazadas por las grandes corporaciones.

¿Hay salida? NO, no la hay, dentro de este sistema económico internacional. ¿Es posible ‘salirse’ de este sistema económico internacional? NO, porque tanto el Estado como los consumidores viven de que el sistema económico y financiero existentes sigan en funcionamiento.

Los Estados no pueden revertir, sino marginalmente, la tendencia mundial a la concentración de la riqueza y a la desigualdad creciente. Lo más insólito es que los países que logran continuar su crecimiento económico y disminuir la pobreza son aquellos que establecen alianzas estratégicas con el gran capital trasnacional. (Un ejemplo cercano ha sido el de Chile, y lo vemos también actualmente en Bolivia).

¿QUÉ HACER? No veo otra alternativa que la creación de una economía de solidaridad y de trabajo, que genere nuevas empresas, nuevas fuentes de trabajo, que produzcan bienes y servicios distintos a los que ofrecen las grandes empresas.

Ello sólo es posible si va acompañado de un cambio fundamental y progresivo de los tipos de consumo que predominan en la actualidad. En efecto, la economía de solidaridad y trabajo, junto con crear riqueza compartida, debe generar sus propios consumidores.

Si lo pensamos bien y a fondo, lo que se hace necesario es un proceso de transición hacia una nueva civilización, que en lo económico requiere – entre otras cosas – el desarrollo de una nueva empresarialidad (personal, familiar, asociativa y solidaria), de nuevas formas de trabajo (trabajo autónomo y asociado), y de nuevos y mejores modos de consumo (consumo responsable y orientado al desarrollo humano integral).

Luis Razeto



lunes, 5 de agosto de 2019

CENTRALIDAD DEL TRABAJO Y ECONOMÍA DE SOLIDARIDAD


   En los últimos años se ha venido renovando e intensificando la búsqueda teórica y práctica -tanto a nivel del pensamiento creativo como de la experimentación social concreta- de formas económicas nuevas, alternativas, que apuntan a encontrar y perfeccionar otros modos de hacer economía. Tales búsquedas, que tienden a poner el trabajo por sobre el capital, a hacer predominar la solidaridad sobre el individualismo y el hombre sobre los productos y factores materiales, pueden expresarse sintéticamente con los enunciados "centralidad del trabajo" y "economía de solidaridad".
           Decir centralidad del trabajo y economía de solidaridad es enunciar algo distinto a lo que existe como realidad predominante en las economías y sociedades contemporáneas. Muy explícito en ambas formulaciones está el distanciamiento crítico de las estructuras económicas vigentes y la proyectación de una realidad distinta. Con ambas expresiones se enuncia un proyecto o al menos una orientación teórica y práctica profundamente transformadora.
Enfoque crítico y transformador.
           Ni la economía actual es solidaria, ni en ella se manifiesta la centralidad del trabajo. Al contrario, un análisis de la misma nos pone frente al predominio y centralidad del capital y del Estado, respecto a los cuales el trabajo se encuentra en situación subordinada y periférica; y frente a una organización social en que compiten por el predominio los intereses privados individuales con los intereses de las burocracias y del Estado, en un esquema de relaciones basadas en la fuerza y la lucha, que relegan a un lugar muy secundario tanto a los sujetos comunitarios como a las relaciones de cooperación y solidaridad.
           Expresar esta orientación crítica y transformadora respecto de las grandes estructuras que caracterizan la economía moderna y contemporánea no significa que todo lo que se encuentra en ellas sea juzgado negativo y que deba ser cambiado, ni que no exista ya en la actualidad bastante de lo que expresamos como centralidad del trabajo y economía de solidaridad. Al contrario, los contenidos y formas de una y otra los sabemos presentes y operantes, bregando por crecer y expandirse en un contexto económico y social en que, si bien predominan las estructuras y relaciones capitalistas y estatistas, no llegan a constituir un sistema cerrado e indiferenciado internamente.
           Desde la "grande crisis" de los treinta sabemos que no es posible un capitalismo homogéneo que pueda prescindir de una consistente y sustancial dosis de economía pública y estatal; desde el actual derrumbe del socialismo real sabemos que no es posible un estatismo homogéneo, que pueda prescindir de una consistente y sustancial dosis de economía individual y privada.
           Lo que tenemos aún que aprender es que estas economías mixtas en que ambos, el capital y el Estado, convergen en la subordinación del trabajo y de las relaciones de comunidad y solidaridad, están lejos de constituir adecuadas respuestas a las necesidades, aspiraciones y fines de los hombres. Al contrario, si bien estas economías muestran ser eficientes en la generación de riqueza, lo son también en la generación de pobreza; si bien muestran capacidad de producir abundantes bienes, son también potentes en la producción de males; si bien permiten la satisfacción de una parte de las necesidades humanas, dificultan e inhiben la satisfacción de otras, dando lugar a una muy insatisfactoria calidad de vida.
El ser humano merece más.
           Lo que sostengo es que el predominio del capital y del Estado en las economías y sociedades modernas y contemporáneas, si bien ha dado lugar a grandes empresas y a muy poderosos Estados, ha significado también que exista hoy una inmensa mayoría de hombres y mujeres pequeños, inseguros, dependientes, temerosos, insatisfechos, sufrientes, débiles y bastante infelices. Y sostengo también que el hombre está llamado a mucho más, y que está en sus potencialidades el lograrlo, siendo caminos apropiados los que conducen a la centralidad del trabajo y a una economía más solidaria.
           Que la reducción del hombres a esa condición lamentable sea debida al capitalismo y al estatismo predominantes no me prece difícil de comprender. El trabajo es la actividad y el medio principal a través del cual el hombre desarrolla sus potencialidades, toma posesión de la realidad y la transforma según sus necesidades y fines, manifiesta y acrecienta su creatividad, se abre el camino al conocimiento, humaniza el mundo y se autoconstruye en niveles crecientes de subjetividad. Pero el capitalismo ha significado que la mayoría de los hombres carezca de los medios y recursos necesarios para ejercer el trabajo en esa plenitud de sentido, para emprender y desarrollar iniciativas que le permitan controlar sus condiciones de vida y desarrollar sus propios proyectos creadores.
           Al reducir el trabajo humano a una situación subalterna, el capitalismo impide que éste exprese su riqueza de sentido y contenidos. Si el trabajo es reducido al empleo, el hombre que lo realiza no es sino un empleado: sujeto dependiente, instrumental. El estatismo no ayuda tampoco a levantar el hombre a condición humana, porque también en él el trabajo humano es puesto en condición subalterna. Puesto como funcionario, como empleado del Estado, el trabajador carece también de los medios necesarios para emprender con autonomía obras propias en que exprese y desarrolle sus potencialidades creadoras. Cuando el Estado cumple excesivas funciones empresariales y es muy grande el ámbito de sus atribuciones, pocas oportunidades tienen los hombres y las comunidades de trabajo para desarrollarse en la amplitud de posibilidades a que abre el trabajo.
Empobrecimiento del trabajo humano.
           La inmensa mayoría de los hombres ha perdido el control sobre sus propias condiciones de vida porque ha trasferido al empresario capitalista y al Estado empresario toda iniciativa y capacidad de emprender. Empobrecidos y expropiados el trabajador, las familias, las comunidades y grupos intermedios, de los recursos de producción y de las capacidades de organizar, gestionar y tomar decisiones, se ha venido empobreciendo también el contenido cognoscitivo y tecnológico del trabajo de grandes multitudes de trabajadores.
           El trabajador desconoce los procesos tecnológicos en que participa, limitándose a ejecutar actividades cuya relación y significado en el conjunto del proceso ya no comprende. Un grupo reducido de hombres concentra los medios materiales y financieros de producción; otro grupo también pequeño concentra la información y el conocimiento de los procesos tecnológicos y científicos implicados en la producción; las capacidades de tomar decisiones se encuentran también concentradas en muy pocas cabezas. A la inmensa mayoría de los hombres, precisamente aquellos que identificamos como los trabajadores, no les queda sino una capacidade de trabajo en general, indiferenciada y parcial; lo único que puede hacer con ella es ofrecerla en el mercado por si alguien desea emplearla.
           Una vez lograda la gran meta, la ansiada condición de tener un empleo, su vida entera depende del empleador, trátese del empresario capitalista o del Estado; no le queda entonces sino someterse. Este hombre sometido, dependiente, inseguro, temeroso y débil, sufrido y sufriente, si no ha desarrollado especiales cualidades y energías de resistencia moral y cultural que lo lleven a organizarse, a participar de sindicatos, a comprometerse en procesos políticos o en comunidades que se proponen fines superiores, demasiado a menudo se envilece. Y qué decir del estado en que cae el trabajador que ni siquiera llega a esta condición de empleo. ¿Cómo puede estimarse a sí mismo si nadie se interesa por sus fuerzas laborales ofrecidas al más ínfimo de los niveles de salario?
La economía popular inicia la recuperación.
         Desde ahí abajo, desde lo más hondo de la miseria y la marginación, tiene comienzo un proceso sorprendente: el lento redescubrimiento del hombre o de la mujer que hay en cada uno, por empobrecido y excluído de la sociedad que se encuentre, y con ello la valoración de fuerzas y capacidades propias de hacer y de ser, de trabajar y emprender. Pero este proceso no se da de manera espontánea en el hombre solo, por simple efecto de reacción natural una vez topado el fondo. El camino ascendente se inicia con la llegada de la que en definitiva constituye la más poderosa de las fuerzas: la solidaridad que libera creando vínculos de organización y de comunidad.
         Cierto, estas experiencias de organización económica popular que surgen desde los grupos más pobres y excluídos constituyen un inicio, extraordinariamente precario y débil pero real, de formas económicas solidarias en que el trabajo asume posiciones centrales. Centralidad del trabajo no buscada como proyecto sino motivada por el hecho simple y escueto que allí el trabajo es el único factor disponible, siendo los otros factores -medios materiales, tecnologías, capacidades de gestión, financiamientos-tan escasos y pequeños que mal podrían constituir el centro de nada.
         Pero el camino hacia la centralidad del trabajo y hacia la solidaridad económica no necesariamente ha de empezar desde tan abajo. Para revertir el proceso de empobrecimiento y subordinación del trabajo y de la comunidad no es preciso esperar que se imponga con toda su fuerza reductora.
         El proceso ha sido éste: un grupo se apropia de los medios de trabajo, otro de las capacidades de gestión y dirección, otro de los conocimientos tecnológicos, etc. A medida que se va produciendo esta división social del trabajo, va quedando en la mayoría una capacidad de trabajo residual, que implica un empobrecimiento del hombre mismo. Al mismo tiempo, se van rompiendo los vínculos de la comunidad humana, porque los hombres con sus diversas potencialidades se relacionan en términos competitivos, conflictivos, dando lugar a relaciones de fuerza y de lucha. Empobrecidos, los hombres no se relacionan en la riqueza de sus cualidades sino en la pobreza y homogeneidad de sus carencias. La sociabilidad entre seres humanos tan pobres y parciales no es constitutiva de comunidades sino de masas.
         Revertir este proceso significa avanzar en la recuperación e integración de una riqueza de contenidos del trabajo, en las personas y grupos humanos reales. Más concretamente, se trata de que el trabajador vuelva a adquirir capacidad de tomar decisiones, desarrolle conocimientos relativos al cómo hacer las cosas, recupere control y propiedad sobre los medios de trabajo. Este proceso de enriquecimiento del trabajo significa simultáneamente un progresivo potenciamiento del hombre, que supera la dependencia, su extrema precariedad, pobreza e inseguridad. El hombre se va haciendo nuevamente capaz de emprender, de crear, de trabajar de manera autónoma, de tomar el control sobre sus condiciones de existencia.
         Esto no puede verificarse sino en el encuentro entre los hombres mismos, en la cooperación y formación de comunidades, en las cuales el trabajo dividido se recompone socialmente. Porque los hombres nos desarrollamos y enriquecemos unos a otros, y lo hacemos mejor cuando no nos vinculamos en términos de lucha y conflicto sino en relaciones de reciprocidad y solidaridad. El enriquecimiento del trabajo, condición de su recuperación de centralidad, requiere el desarrollo de relaciones de cooperación. Ahí se encuentran los procesos hacia la centralidad del trabajo y hacia la economía de solidaridad.
La relación entre economía y solidaridad.
         Ahora bien, lo que llamamos economía de solidaridad no consiste en un modo definido y único de organizar unidades económicas. Se trata más bien de un proceso multifacético por el cual incorporamos solidaridad en la economía.
         Digo "incorporar solidaridad en la economía" con una muy precisa intención. Estamos habituados a pensar la relación entre la economía y la solidaridad de otra manera. Se nos ha dicho muchas veces que debemos solidarizar, como un modo de paliar algunos defectos de la economía, o de resolver ciertos problemas que la economía no ha podido superar. Tendemos a suponer que la solidaridad debe hacerse después de que la economía ha cumplido su tarea y completado su ciclo. Primero estaría el tiempo de la economía, en que los bienes y servicios son producidos y distribuídos. Una vez efectuada la producción y distribución, sería el momento de la solidaridad, para compartir y ayudar a los que resultaron desfavorecidos o que están más necesitados. La solidaridad empezaría cuando la economía ha terminado su tarea y función específica. La solidaridad se haría con los resultados -productos y servicios- de la actividad económica, pero no serían solidarias la actividad económica misma y sus productos.
         Lo que sostengo es distinto a eso, a saber, que la solidaridad se introduzca en la economía misma, y que opere en las diversas fases del proceso económico, o sea en la producción, distribución, consumo y acumulación. Y que se introduzca y comparezca también en la teoría económica, superando una ausencia muy notoria en una disciplina en la cual el concepto de solidaridad pareciera no encajar espontáneamente.
Los motivos y caminos de la economía de solidaridad.
         Si tal es el sentido, dirección y significado del proceso, podemos descubrir diferentes situaciones y motivos, que al mismo tiempo constituyen como vías por las que diferentes personas acceden o se aproximan a buscar alguna participación en la economía de solidaridad y en la centralización del trabajo.
         La primera situación a que aludo es la pobreza, que en los últimos quince años en Chile y en toda América Latina se ha incrementado. Ha crecido la distancia que separa a los ricos y a los pobres. Por otro lado, se ha verificado una transformación en la realidad de la pobreza.
         La pobreza ha crecido en cuanto existe una masa social de personas que han sido excluídas del empleo y del consumo después de haber experimentado algún nivel de participación e integración; pero con ello el mundo de los pobres también se ha enriquecido de capacidades y competencias técnicas y de organización, las que no han permanecido inactivas por el hecho de que las empresas y el Estado no las ocupen.
         Se viene verificando, así, el surgimiento de una ingente cantidad y variedad de actividades y organizaciones económicas, a través de las cuales numerosos sectores populares han desplegado iniciativas personales, familiares, asociativas y comunitarias, generando una increíblemente variada economía popular.
         Es el pueblo pobre y marginado que se ha activado económicamente y que espera satisfacer sus necesidades y abrirse caminos en la vida no sólo mediante la oferta pasiva de sus fuerzas de trabajo en el mercado, o mediante la pura reivindicación de sus derechos ante el Estado y los organismos públicos, sino basándose en sus propias fuerzas y recursos, y a menudo asociándose y organizándose grupal y comunitariamente.
         La pobreza y esta economía popular que emerge de ella constituyen un primer motivo que nos orienta en la perspectiva de la economía de solidaridad, porque los modos de hacer economía que surgen del pueblo, espontáneamente o por inducción de agentes externos que los apoyan, no corresponden a aquellas formas del comportamiento teorizadas por las teorías económicas convencionales. Observamos, en efecto, que al menos una parte de esta economía de los pobres da lugar a comportamientos que no corresponden a los del homo oeconomicus supuesto por las teorías neoclásicas, sino a otros que expresan una cultura mejor predispuesta a encontrar en la comunidad y en el entorno social más próximo los medios necesarios para vivir. Esta economía popular solidaria ha sido y está siendo capaz de suscitar, además, el movimiento de solidaridad de personas e instituciones que están dispuestas a colaborar con ella mediante la aportación de recursos, ideas y trabajo.
         En esta economía popular el trabajo adquiere espontáneamente centralidad, porque quienes organizan las unidades económicas son trabajadores cuyo principal recurso y factor que invierten y gestionan en ellas es precisamente el trabajo. Valorizar el trabajo propio es el objetivo principal que define la racionalidad de estas pequeñas empresas de trabajadores en que el trabajo no adquiere la forma asalariada sino las formas del trabajo autónomo o "por cuenta propia" y del trabajo asociativo o en cooperación.
         Una segunda situación que indica la necesidad de introducir más solidaridad en la economía y que también motiva la búsqueda de mayor centralidad del trabajo emerge desde el mundo del trabajo asalariado y dependiente en las empresas privadas y públicas, a través de las organizaciones tradicionales de los trabajadores. Incrementar la riqueza de contenidos del trabajo, mejorar las condiciones en que se desenvuelve, poner énfasis en los efectos del trabajo sobre la salud física y psicológica del trabajador, buscar activamente mayor participación, empezando por acceder a niveles crecientes de información, luchar por el control decisional en diferentes ámbitos que repercuten directamente sobre los trabajadores, etc.
         Una tercera situación que propicia la elaboración práctica y teórica de la economía de solidaridad se origina en los movimientos cooperativo y de autogestión. Ambos movimientos han constituído por muchas décadas los principales procesos de construcción de formas económicas alternativas, sociales y humanistas. Pero aunque estos movimientos se han extendido por todas las ramas de la economía y por todos los países del mundo, el cooperativismo y la autogestión han manifestado límites y crisis en su crecimiento, y no han llegado a imponerse como sujetos históricos autónomos dotados de efectiva capacidad de dirección de los cambios económicos y del desarrollo. Aunque no han dejado de gozar de un muy elevado consenso moral, hemos de reconocer que se mantienen en un plano subordinado respecto de las grandes tendencias de la economía y la política.
         Es pertinente interrogarse, entonces, cuáles sean las potencialidades que subsisten para que el cooperativismo y la autogestión desarrollen fuerzas propias de respuesta a la crisis económico-social contemporánea y de transformación económico-política. Ello requiere profundizar las causas que explican el desarrollo parcial y los problemas encontrados en su expansión. Y plantea la necesidad de indagar más a fondo acaso es posible el desarrollo de nuevas formas económicas que, manteniendo los principios y valores de cooperación y autogestión, resulten más eficientes para operar en el mercado y en las economías actuales.
         La cuarta situación que induce a la búsqueda de una economía de solidaridad es la percepción de que América Latina no terminamos de enrielar por una vía de desarrollo eficaz.Que sea necesaria una estrategia alternativa de desarrollo resulta evidente dado el fracaso de las estrategias conocidas y aplicadas; pero además, cada día es más clara la necesidad de que lo alternativo sea no sólo la estrategia, sino también el desarrollo perseguido. Primero, porque la pobreza en que se mantienen multitudes crecientes no alude sólo a una insuficiente integración a un proceso dinámico, sino a la incapacidad estructural de la economía tal como se encuentra organizada, para absorver las capacidades de trabajo y las necesidades de consumo de esa población marginalizada. Segundo, porque aquél segmento de nuestras economías que ha logrado crecer y modernizarse manifiesta perfiles de notable unilateralidad, de modo que quienes tienen acceso a sus beneficios materiales no encuentran sin embargo oportunidades reales de satisfacer otras necesidades y aspiraciones superiores de la persona y de la comunidad, permaneciendo en la pobreza y el subdesarrollo respecto a necesidades culturales, relacionales y espirituales cuya satisfacción requeriría otra organización de la economía. La demanda de un desarrollo alternativo, que ofrezca respuestas a ambas formas de la pobreza, es otra fuerza que orienta hacia la solidaridad en la economía.
         El quinto motivo (razón y vía de acceso) para buscar la economía de solidaridad y la centralidad del trabajo es el problema y la crisis ecológica, que cada vez más se manifiesta como cuestión económica estructural, parte de un problema más profundo de la civilización industrial, materialista y consumista en que vivimos. Los desequilibrios ecológicos enraizan en el modo en que se realiza el intercambio vital entre el hombre y la naturaleza que se verifica en el trabajo y el consumo, o sea en la economía. Un incremento de la solidaridad en el trabajo, en la distribución y el consumo, comienza a ser percibida como la forma más eficaz de superar una vasta gama de los problemas ecológicos que nos amenazan.
         La última -pero no menos importante- de las motivaciones que llevan a buscar teórica y prácticamente en la perspectiva de la centralidad del trabajo y de economía de solidaridad es una preocupación específicamente cristiana. El campo de las actividades y estructuras económicas es un ámbito donde se ponen en juego y a prueba los principales valores y principios humanistas y cristianos. Y el panorama que presenta la economía enfocado desde la óptica de dichos valores y principios resulta altamente insatisfactorio. Por un lado, la ingente pobreza extrema que afecta a multitudes; por otro el individualismo y la búsqueda apasionada de la riqueza material; en fin el sometimiento de los hombres a estructuras, leyes y planes supuestamente objetivos. La búsqueda de la centralidad del trabajo -el trabajo como "clave de toda la cuestión social"- y construcción de una economía más solidaria, se levantan como tareas fundamentales para quienes aspiran a la evangelización de la cultura, de la economía y de la política.
         Al enunciar estas seis principales situaciones que motivan la búsqueda de una economía de solidaridad estamos ya indicando cuales son sus contenidos y orientaciones más relevantes, así como las tareas indispensables para promoverla. Entre éstas quisiera reiterar la importancia del estudio, la reflexión y la indagación.
Nuevas relaciones entre la teoría, la práctica y la ética.
         Sabemos bien que en las diferentes teorías económicas existentes escaso espacio se ha dado a la cooperación y la comunidad, y que el trabajo es considerado como variable subordinada. La gravitación que el proceso hacia la centralidad del trabajo y hacia la economía de solidaridad está llamado a alcanzar plantea entonces la exigencia de llenar el vacío. Pero no se trata solamente de efectuar una aplicación de los conceptos, fórmulas y modelos que han sido elaborados a partir de realidades económicas tan distintas a las que aquí nos interesan, pues con ello avanzaríamos demasiado poco. Debemos asumir que estamos realmente buscando y desplegando una distinta racionalidad económica, cuya comprensión exige nuevos conceptos y nueva teoría económica.
         Cualquier proyecto de cambio necesita un gran despliegue de la reflexión, porque el puro esfuerzo práctico y organizativo no acompañado de la indispensable elaboración y estudio que otorgue coherencia, orientación y potenciamiento a las experiencias prácticas, probablemente lo haría permanecer en un plano subordinado. Es la reflexión y el trabajo intelectual el que puede conducir los movimientos y procesos prácticos a la verdadera autonomía, guiándolos a niveles de realización más eficientes y amplios, potenciándolos en sí mismo, ligitimándolos socialmente, llevándolos a un nivel de superior coherencia, proporciónadoles el indispensable fundamento conceptual.
         Del estudio, la reflexión y el intercambio de experiencias e ideas en torno al trabajo y a la economía de solidaridad emerge la posibilidad de una profunda renovación de la teoría económica general; pero no se crea que ello sea tarea exclusiva para los especialistas. Y no sólo porque, como se ha dicho, los asuntos de la economía son demasiado importantes para todos como para dejárselos sólo a los economistas.
         La ciencia económica no es una disciplina autónoma que tenga en sí misma todos los elementos indispensables para su desarrollo, sino que encuentran en otras ramas del saber bases y fundamentos necesarios para su formulación. Así, en cuanto indaga en torno a la racionalidad y se interroga por las necesidades y el bienestar del hombre, hunde sus raíces en la filosofía; en cuanto es un saber que se refiere a las opciones que enfrentan los individuos, grupos y sociedades, a los cuales aporta también indicaciones normativas, convoca y recurre a la ética y la axiología; en cuanto estudia el comportamiento de los hombres requiere fundarse en la antropología y la psicología social; en cuanto los fenómenos y procesos que investiga tienen un carácter social inherente, supone conocimientos que son proporcionados por la historia, la sociología y la política.
         Pero más allá de todo esto, y a la base de cualquier elaboración intelectual que sirva, se encuentra la experiencia humana, multifacética y permanentemente enriquecida con nuevos elementos, reflexiona en diversos grados por los mismos que la van desplegando, compartida en innumerables conversaciones, encuentros y ocasiones de las más variadas. Desde dicha experiencia emerge el pensamiento y el concepto, y sólo en referencia a ella el trabajo intelectual encuentra su pleno sentido.
         De todas maneras, la economía de solidaridad no ha de surgir a partir de la pura reflexión y el estudio, ni tampoco de la experiencia práctica por más intensa que sea. Sino de la unión mutuamente enriquecedora entre ambas.
         En la época moderna se ha hablado tanto de la unión entre la teoría y la práctica, pero quizá como nunca ellas han transitado por caminos separados. Lo que suele olvidarse es que el nexo entre la teoría y la práctica no es algo inherente a la teoría o a la práctica en sí mismas, sino que es un vínculo ético. Se sabe que la unidad de teoría y práctica requiere autenticidad, compromiso, consecuencia. Me atrevo aquí a agregar que el nexo que une teoría y práctica es un vínculo profundo de solidaridad, que se construye cuando hay cooperación entre las personas involucradas en una práctica, una experiencia y un ideal compartidos.
         Por el hecho mismo de ser un vínculo ético, la unión entre teoría y práctica es tarea eminente de la política. Es en la actividad política donde pueden cumplirse importantes pasos que vinculen las experiencias prácticas de tantas personas, grupos y organizaciones de base con las elaboraciones intelectuales de quienes sistematizan esas experiencias y las proyectan en el pensamiento, la ciencia y la cultura. A través de una apropiada mediación política la teoría y la práctica de la economía de solidaridad y de la centralización del trabajo pueden convertirse en proyecto histórico. Es una tarea que no puede ser cumplida por conciencias mezquinas y voluntades débiles sino que requiere espíritus abiertos y generosos. Quienes la asuman e inicien serán los verdaderos pioneros y fundadores de esa civilización de la solidaridad y del trabajo a que nos vienen llamando insistentemente las últimas formulaciones de la enseñanza social de la Iglesia.
Luis Razeto 
       Este artículo ha sido publicado en diferentes revistas y libros. Para profundizar el tema de este artículo recomendamos el libro LOS CAMINOS DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA, al que puede accederse desde este enlace: LOS CAMINOS DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA