viernes, 13 de marzo de 2020

EL CONOCIMIENTO COMO VALOR CREADOR DE VALOR Y EL TRÁNSITO A UNA NUEVA CIVILIZACIÓN


EL CONOCIMIENTO COMO ‘VALOR CREADOR DE VALOR’ Y EL TRÁNSITO A LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO.
  

                                                                           Luis Razeto Migliaro.

¿Qué podemos entender por ‘sociedad del conocimiento’?

Cuando se habla de ‘la sociedad del conocimiento’, lo que se quiere habitualmente destacar es básicamente que el ‘valor’ y la productividad de las empresas, de los trabajadores, de los técnicos, de los administradores, de las comunidades, etc. está dado principalmente, y cada vez más, por la capacidad que tengan de aprender, generar y desarrollar conocimientos, de difundirlos y distribuirlos, y de aplicar esos conocimientos a la solución de problemas reales y actuales, innovando, perfeccionando y transformando las actividades, procesos, estructuras y sistemas. Pero el cambio que está implicando actualmente el desarrollo del conocimiento, sus nuevas estructuras y sus inéditas formas de difusión, es más profundo y más importante que esto.

Es efectivo que el aprendizaje, el desarrollo y la difusión de conocimientos dan lugar, en cualquier persona y en toda empresa, a un incremento de su ‘valor’ y de su productividad, eficiencia y creatividad. En realidad, lo que hace el conocimiento es potenciar el valor y la creatividad de todos los factores económicos: fuerzas de trabajo, medios materiales de producción, tecnologías, aptitudes de gestión, capacidades de obtener crédito, energías unificadoras de conciencias, voluntades y emociones tras objetivos compartidos (el Factor C). Cada una de estos seis factores incrementa su productividad y su ‘valor’ en cuanto contenga en sí una mayor y mejor provisión de informaciones y conocimientos útiles.

Un trabajador con más conocimientos ‘vale’ y produce más que uno que sepa menos; un medio material en cuya estructura estén integrados más conocimientos, tiene una productividad superior. Un tecnólogo más informado y conocedor de los conocimientos pertinentes a su tecnología, encuentra mejores soluciones y tiene mayor capacidad innovadora que si tuviera menos información y conocimiento. Lo mismo vale para un gerente, administrador o ejecutivo. Sin duda, también el mayor y mejor conocimiento que se adquiere, crea y reparte en un grupo social, permite desplegar más ampliamente todas las energías sociales del grupo.

Todo esto lo hemos explicado y desarrollado detalladamente en nuestra teoría de los ‘recursos, factores y categorías económicas’. (Ver Fundamentos de una Teoría Económica Comprensiva, Primera sección, Capítulos II y III).

El conocimiento como ‘valor’ creador de ‘valor’. 

Ahora bien, es importante darse cuenta de que el ‘valor’ que crea y potencia el conocimiento, no se manifiesta sólo en las empresas y en las actividades productivas directas. El conocimiento que se expande en un individuo, lo hace crecer, lo perfecciona, lo hace ‘ser’ y ‘valer’ más, en las distintas áreas de la actividad humana. El conocimiento que se desarrolla y difunde en una sociedad, aumenta el ‘valor’ (en el más amplio sentido) de esa sociedad. El conocimiento que crece y se despliega en una comunidad, en una organización política, en una entidad deportiva, en un movimiento social, o en cualquier tipo de organización, potencia a dicha organización, la hace más capaz, más fuerte, más creadora.

Por todo eso, en la disputa y el conflicto cultural, social y económico que se da entre los distintos tipos de economía y entre los diferentes ‘sectores’ que compiten en el mercado, y también entre las diferentes racionalidades y opciones políticas y entre los diversos proyectos de sociedad, un factor decisivo del resultado será la capacidad y la aplicación que manifiesten sus respectivos participantes, en las actividades y procesos de aprender, desarrollar, difundir y distribuir el conocimiento. Así, por ejemplo, la expansión y el perfeccionamiento de la economía solidaria dependerá, en gran medida y principalmente, del conocimiento pertinente que aprendan, difundan y apliquen las personas interesadas y comprometidas en su desarrollo. La viabilidad de un proyecto político de transformación histórica será proporcional al nivel y a la calidad de los conocimientos que en su realización desplieguen sus impulsores.

Pensar en este sentido el conocimiento como ‘valor’ creador de ‘valor’, nos lleva a postular que la economía del futuro, la política del futuro, y la sociedad del futuro, serán construidas en gran medida y fundamentalmente, desde el conocimiento. Por consiguiente, la economía, la política y la sociedad del futuro asumirán –podrán asumir- formas y contenidos diferentes y diversos, según cuáles sean las formas y contenidos del conocimiento que será desplegado, y de los modos que asuma su producción y difusión.

En realidad, esto que afirmamos es algo que viene ocurriendo desde hace tiempo en la historia. El paso de la civilización medieval a la civilización moderna, fue presidido por el surgimiento de aquellas nuevas formas del conocimiento –el empirismo, el positivismo, las ciencias sociales, las ciencias exactas de la naturaleza-, que vinieron a reemplazar al conocimiento religioso, ético y filosófico que predominaban hasta entonces. En particular el conocimiento de las ciencias positivas, interesado en desentrañar el cómo de los fenómenos empíricos en vistas de instrumentalizarlo en provecho de la producción, dio lugar al impresionante desarrollo tecnológico, que hoy caracteriza toda la economía y la vida social.

Pero el impacto del conocimiento y de sus formas sobre los modos de organizarse y realizarse de la economía, la política y la sociedad está aumentando de manera impresionante, pues ya no hay actividad humana que no se encuentre sujeta a una enorme cantidad y variedad de conocimientos que la condicionan, y sin los cuales pueda realizarse con éxito. Podemos afirmar que, como nunca antes en la historia de la humanidad, el desarrollo del conocimiento es una necesidad, del cual depende no solamente el progreso sino la sobrevivencia misma de la sociedad. Es este hecho, que hemos comenzado a reconocer, lo que ha llevado a afirmar que estamos pasando desde la sociedad industrial y estatal, a la que conoceremos como la ‘sociedad del conocimiento’. Pero ¿en qué consiste exactamente el cambio, y cuál es en este sentido la real novedad de la situación presente?

Al respecto, me parece que podemos sostener que la novedad y el cambio son tan profundos que implican un cambio de época, la apertura de una nueva época histórica que comporta nada menos que el surgimiento de una nueva civilización. Lo que nos lleva a afirmarlo es que estamos ante un cambio radical en la función que cumple el conocimiento en la sociedad y para los individuos. Para comprenderlo es preciso hacer, aunque sea brevemente, unas importantes referencias históricas.

Las formas del conocimiento en la civilización medieval.

En la civilización medieval el conocimiento proporcionaba las certezas que los individuos requerían para orientarse en la vida, y que las sociedades necesitaban para establecer y garantizar el orden social. Dicho conocimiento estaba constituido por creencias religiosas, normas éticas, y destrezas propias de cada oficio o actividad laboral. Dichas creencias religiosas, normativas éticas y saberes prácticos se presentaban ante todos como ‘dados’, incluso como ‘revelados’ y en todo caso como indiscutibles, aunque en realidad hubiesen sido elaborados por muy pocos individuos en posiciones de poder y autoridad. Esos conocimientos necesarios, eran trasmitidos de sacerdotes a fieles, de padres a hijos y de maestros a aprendices, constituyendo un saber aceptado por fe y tradición. Aceptados por las multitudes y también por los dirigentes, eran suficientes para proporcionar aquellas certezas necesarias para que cada uno desempeñara las funciones, ejecutara las actividades y se comportara socialmente, conforme a lo que se esperaba de cada sujeto.

Las fuentes del conocimiento estaban encriptadas, escritas y difundidas en una lengua conocida como ‘culta’ (el caso del latín en Europa occidental), de modo que solamente unos pocos iniciados tenían acceso a ellas y podían generar y difundir algún tipo de conocimientos nuevos. Incluso los saberes prácticos propios de los oficios se reservaban para pequeños grupos ‘agremiados’ y organizados, que defendían el monopolio de sus competencias. La relación entre los ‘cultos’ y los ‘simples’, entre los dirigentes y los dirigidos, entre los maestros y los aprendices, se establecía en base a vínculos de autoridad y obediencia.

Estas formas del conocimiento entraron en crisis cuando los conocimientos empezaron a difundirse mediante su publicación en lenguas vernáculas o ‘vulgares’ Así ocurrió con la Biblia, con algunos escritos filosóficos, y con los estudios sobre la mecánica, la astronomía, la botánica y la zoología, que en seguida dieron lugar a la física y la biología como nuevas disciplinas científicas. Primero fue el movimiento de Reforma religiosa que puso la Biblia al alcance de muchos y que desacralizó diferentes aspectos de la vida religiosa. Luego Descartes fijó el inicio de una nueva forma de conocimiento cuando formuló su famosa ‘duda metódica’, según la cual no podía darse por seguro ningún conocimiento adquirido por tradición. Los empiristas y el positivismo establecieron las bases del conocimiento emergente cuando afirmaron que la única autoridad que podía aceptarse en el conocimiento eran los datos empíricos sobre las realidades ‘objetivas’ que cada individuo pudiera verificar con los sentidos y la experiencia. De ahí el cuestionamiento del saber tradicional y la emergencia de las nuevas formas del conocimiento, que alcanzaron el dominio de la ética, de la política y de las instituciones, con el positivismo jurídico y la teoría del ‘pacto social’(Rousseau) como fundamento del orden político.

Las formas del conocimiento en la civilización moderna.

Surgió y se estableció, así, la moderna civilización de las ciencias positivas, de la industria y del Estado. La Industria y el Estado en sus formas modernas, eran resultado de la aplicación de las nuevas formas del conocimiento, a la economía y a la política, a la producción y al orden social. El conocimiento adquirió nuevas formas, que reemplazaron la autoridad por la verificación empírica, al mismo tiempo que se multiplicaron los sujetos productores de conocimientos. Los científicos, los intelectuales y los ideólogos fueron puestos al servicio de la industria y del Estado, y el conocimiento y las informaciones se desarrollaron como saberes instrumentales, como herramientas útiles para establecer y hacer crecer la economía y la vida política.

En esa civilización moderna de la industria y del Estado, el conocimiento se institucionalizó y se profesionalizó, adquiriendo las características disciplinarias y burocráticas que caracterizan toda aquella civilización. Como escribió Max Weber, la ciencia se organizó como profesión, del mismo modo y al mismo tiempo que la política se constituía como profesión. Era el conocimiento organizado en disciplinas (la mecánica, la óptica, la biología, la sociología, la economía, etc.), fraccionado en función de campos y temas específicos dependientes de los diferentes rubros de producción y de las distintas problemáticas de la vida social. Un conocimiento fraccionado disciplariamente, que se difundía y reproducía a través de las ‘profesiones’ que se formaban en las universidades modernas. La Universidad se convirtió en un instrumento esencial del fraccionamiento disciplinario de las ciencias y de la formación de profesionales especializados, tal como eran requeridos por la civilización industrialista y estatista. Ellas fueron las promotoras y ejecutoras de aquellas estructuras que asumieron –en los albores de la época moderna- la racionalidad instrumental, el conocimiento disciplinario y la multiplicación de las profesiones, todo orientado preferentemente a encontrar aplicaciones tecnológicas y políticas del saber. Es el conocimiento puesto al servicio de la industria en todas sus ramas, y del Estado en sus variadas problemáticas. En ese contexto, las relaciones entre dirigentes y dirigidos se basan en una combinación de criterios de competencia técnica y de control burocrático, según los cuales se distinguen los competentes que deciden y controlan los procesos, y los subordinados que ejecutan las decisiones y cumplen las instrucciones que reciben.

Nuevas condiciones para la generación y la difusión de nuevas formas del conocimiento.

Lo que está comenzando a surgir es algo completamente distinto y nuevo. Los medios de comunicación, la Internet y las redes sociales, han cambiado completamente la relación de los individuos con las informaciones y el conocimiento. Tres son las novedades y transformaciones más significativas.

La primera es que prácticamente todos los individuos tienen ahora la posibilidad de acceder a todo tipo de informaciones, ideas y conocimientos, provenientes de cualquier parte del mundo. Este es un cambio de enorme trascendencia. En efecto, hasta hace poco las personas adquirían su acerbo de conocimientos en base a lo que les trasmitían la propia familia, la escuela, el Estado, los partidos políticos, las iglesias y los medios de prensa masivos. Las informaciones y conocimientos que recibían estaban organizadas, estructuradas y programadas por los emisores. Ahora, en cambio, cada uno es receptor y público de todos los discursos, de todos los emisores, teniendo la posibilidad e incluso la necesidad de seleccionar por sí mismo lo que recibe y asimila, escogiendo entre la multitud inmensa de informaciones y conocimientos, aquellos que les interesan y que desean asumir. De este modo se han expandido enormemente los espacios de libertad e independencia de cada uno, y al mismo tiempo se ha debilitado el poder que anteriormente ejercían sobre las conciencias, sobre las ideas y los modos de pensar y de sentir de las multitudes, los pocos sujetos que decidían lo que debía ser conocido y aprendido. Esta expansión de la libertad respecto al conocimiento conlleva al mismo tiempo un aumento de la responsabilidad de cada uno, pues al decidir cada uno lo que conoce y escoger sus fuentes de información, cada individuo es responsable de los efectos que dichos conocimientos tendrán sobre sí mismo y sobre la sociedad.

La segunda novedad importante es que cada individuo se convierte en emisor potencial de informaciones y conocimientos. Las personas que hasta ahora eran solamente público, receptores pasivos de las informaciones y conocimientos organizados por otros, tienen ahora la posibilidad de ser productores y emisores de informaciones, creadores de nuevos conocimientos, que pueden fácilmente poner en circulación y por tanto hacerlos accesibles a todos quienes se interesen en ellos. Esta es la adquisición de una libertad nueva, o mejor dicho, la generalización a todos los individuos, de aquella libertad de pensamiento que en la sociedad moderna ha sido prerrogativa efectiva de pocos. Esta libertad expendida conlleva también una nueva responsabilidad que han de asumir los individuos; pero sobre todo, implica el establecimiento de relaciones horizontales entre sujetos que son todos ellos, al menos potencialmente, emisores y receptores de informaciones y conocimientos.

La tercera novedad aportada por las nuevas tecnologías informáticas es el establecimiento de redes de comunicación, libremente formadas por las personas, y con prácticamente plena libertad tanto de entrada como de salida respecto a las redes que se constituyen. Lo que está implicado en la conformación de las redes sociales, es un hecho de la máxima trascendencia, que viene a modificar y reestructurar completamente la organización social y las relaciones entre los individuos y entre los grupos. Es el hecho que cada uno está en condiciones de seleccionar y escoger con quienes se relaciona y a qué grupos y comunidades pertenece. Se transita desde una situación en que el ámbito de las relaciones sociales se encontraba determinado por la familia y el lugar en que se nace y crece, por las relaciones dadas por el barrio, la escuela, la Iglesia y el trabajo, a una situación inédita en que cada uno puede escoger libremente con quienes se conecta y comunica, a qué grupos, organizaciones y comunidades pertenece, en que iniciativas culturales, sociales, políticas y económicas participa. Se trata, nuevamente, de una expansión inmensa de los espacios de libertad de las personas, que conlleva a su vez la correspondiente expansión de las responsabilidades de cada uno.

Podemos afirmar, en síntesis, que el tránsito a la sociedad del conocimiento nos da la oportunidad de ser más libres, de autodeterminarnos en cuanto a nuestra conciencia y a nuestras relaciones sociales, así como a desplegar nuestras propias iniciativas sociales, económicas, políticas y culturales, no debiendo ya limitarnos a escoger participar o no participar en aquellas existentes. La sociedad y la historia podrán en el futuro ser construidas desde los individuos y desde las redes y comunidades que ellos libremente vayan conformando, con los contenidos intelectuales y morales que pongamos en tales iniciativas. Como hemos dicho, junto con expandir enormemente los espacios de libertad, se incrementan correspondientemente las responsabilidades de cada uno, que ya no podremos justificar nuestras limitaciones y comportamientos atribuyéndolas a las condiciones, estructuras y contextos sociales y culturales en que nos ha tocado vivir.

¿Cómo orientarnos en este nuevo contexto del conocimiento, o cómo medir el valor de los conocimientos?

Ahora bien, en este nuevo contexto de libertades y responsabilidades expandidas, se nos presenta un problema nuevo, cual es el de orientarnos en el maremagnum de informaciones y conocimientos que están a nuestro alcance, y en la prácticamente infinita cantidad y variedad de sujetos individuales y colectivos con los cuales podemos establecer relaciones e interactuar. ¿Cómo, con qué criterios, con cuáles informaciones podemos orientarnos para tomar las decisiones, en el marco de las nuevas libertades y responsabilidades adquiridas?

Un concepto importante del que podemos servirnos en este sentido es el de ‘valor’, con el que comenzamos este análisis. Dijimos que el conocimiento es ‘valor’ creador de ‘valor’, En la moderna economía capitalista y en la sociedad de la industria y del Estado, las principales opciones que tomamos las personas pasan por el mercado, donde los bienes y servicios, los satisfactores de la mayor parte de nuestras necesidades adquieren un ‘valor de cambio’, un precio. El valor de las mercancías se expresa principalmente en los precios, y son éstos los que orientan a los individuos y a las organizaciones en gran parte de sus decisiones. Pero en la sociedad del conocimiento y de las redes, si bien muchas informaciones y conocimientos se procesan aún en el mercado donde adquieren un valor monetario, existe una cantidad enorme de informaciones y conocimientos que están disponibles gratuitamente, y/o que circulan fuera del mercado, no adoptando por tanto un valor de cambio, un precio. En la sociedad del conocimiento y de las redes, sirven otros criterios de medición del valor, no monetarios, o al menos, no directamente expresables en unidades monetarias.

El valor de las informaciones y conocimientos, y el valor de las relaciones y de las redes de comunicación e interacción, debe encontrar nuevos modos de evaluación y medición. Porque, obviamente, no podemos tener una experiencia directa de todos los conocimientos disponibles ni de todas las relaciones y redes a las que podemos acceder. Estamos enfrentados a la necesidad de decidir y de optar entre una enorme cantidad y variedad de posibilidades, contando con una información limitada e insuficiente. ¿Qué sistemas de información, equivalentes a los del sistema de precios en la sociedad del mercado, pueden estar disponibles, o pueden implementarse y desarrollarse, para orientarnos en la sociedad del conocimiento? ¿Existen formas de medir y de informarnos sobre el valor que los conocimientos y las relaciones sociales pueden tener para nosotros?

Cuando hablamos en este sentido del ‘valor’ del conocimiento y del ‘valor’ de las relaciones estamos indicando la utilidad que puedan aportarnos esos conocimientos y esas relaciones en orden a la satisfacción de nuestras necesidades, aspiraciones y deseos, y más ampliamente, en función de la realización de nuestros propósitos, objetivos y fines. Podemos expresarlo de otro modo a partir de la fórmula “ valor creador de valor”. ¿Cuál es el ‘valor’ (realización y potenciamiento de nuestras capacidades, creatividad, eficiencia, productividad, etc.) que puede crear en nosotros –como individuos, como grupo, como comunidad, como empresa o como organización- un determinado conocimiento o proceso cognitivo, o en el caso, una determinada relación o pertenencia y participación en una comunidad o red social?

En la actualidad, careciendo de otros criterios mejores y realmente calificantes del valor de las opciones disponibles, se da la tendencia a operar con el criterio simple de seguir las opciones de los demás, de las mayorías, de los grandes números. Es el llamado ‘efecto manada’, según el cual tendemos a optar conforme vemos que optan los demás. Detrás de esta forma de decidir y evaluar las opciones está implícita la idea que, puesto que no conocemos las distintas opciones estamos inciertos sin poder decidir, y puesto que vemos que otros han decidido, suponemos que lo hayan hecho en base a algún conocimiento que ellos disponen y del cual nosotros carecemos.

Pero el criterio de los grandes números es engañoso y decididamente poco confiable, especialmente cuando se trata de ejercer realmente la libertad y responsabilidad recientemente adquiridas, y de generar iniciativas nuevas orientadas hacia nuestra propia realización y el logro de nuestros objetivos. En efecto, actualmente las mayorías, o más exactamente los ‘grandes números’, están decidiendo conforme a los criterios de la sociedad que decae y perece, todavía como público subordinado y sumiso, que adopta los criterios que les fijan externamente el Estado, la industria, las modas, las convenciones sociales. Las mayorías aún no ejercitan efectivamente los espacios de libertad que corresponden a las nuevas condiciones creadas por las transformaciones y novedades que aporta la transición a la sociedad del conocimiento. En tal sentido, incluso podríamos sostener, o al menor argumentar con seriedad, que los ‘grandes números’, en la actual sociedad de masas y de consumismo exacerbado, deciden y se comportan conforme a la sociedad del mercado, evidenciando con ello que no se ha accedido a las libertades propias de la sociedad del conocimiento. Habría entonces que, en vez de seguir a los ‘grandes números’, más bien desconfiar de sus decisiones y distanciarse de ellas.

La medición del ‘valor’ del conocimiento en la investigación académico-científica.

En el ámbito del conocimiento académico y científico hay interesantes experiencias que es oportuno considerar. Desde hace algún tiempo se vienen implementando algunos modos de evaluación del ‘valor’ de los conocimientos e informaciones que producen y comunican los investigadores y los centros de investigación, con criterios selectivos generados desde los ‘pares’, esto es, desde otros productores de  conocimientos cuya calidad se estima garantizada. Por ejemplo, el ‘valor’ cognitivo de un paper que comunica los resultados de una investigación científica, queda determinado por la revista en que se publica y por la cantidad de veces que dicho escrito es citado por otros investigadores en sus respectivas investigaciones. Las revistas que recogen y difunden estudios e investigaciones sobre determinados temas, son evaluadas en base a las opciones de publicar en ellas, que hacen los investigadores cuyo ‘valor’ es reconocido por las revistas donde se publican papers sobre temas similares. Los centros de investigación son evaluados y ‘rankeados’ por la cantidad de citaciones que obtienen sus investigadores, reconocidos de este modo por sus ‘pares’ y divulgados por las revistas de mayor nivel.

En todos estos casos, se trata de sistemas de indexación y acreditación de la calidad científica, generados desde los mismos productores de ciencia, de modo que resultan decididamente más confiables que el simple criterio de los ‘grandes números’. Sin embargo, también estos sistemas tienen evidentes limitaciones, toda vez que al ‘medir’ la calidad por la acumulación previa de citaciones y referencias, resultan sub-evaluados los innovadores, los creadores de nuevos enfoques, los aportadores de ‘rupturas’ epistemológicas, y en general todos aquellos que contribuyen precisamente a generar los conocimientos nuevos que se necesitan para hacer frente a los grandes y complejos problemas que enfrenta la humanidad. Esto ocurre no solamente por efecto de la simple acumulación cuantitativa que resulta de estar más años escribiendo y publicando y siendo citado, sino también por efectos del propio sistema de indexación y acreditación. En efecto, el sistema tiende a reproducir y retroalimentar la cantidad de publicaciones y de citaciones que obtienen los autores previamente prestigiados, pues las revistas tienen en cuenta al seleccionar los papers que publican, la cantidad de papers que haya publicado anteriormente el investigador, en qué revistas ha sido publicado, y en qué centros de investigación trabaja. Y quienes quieran publicar en una revista, deberán estar atentos a citar abundantemente a los escritos y autores que hayan aparecido en la revista en cuestión.

El sistema de indexación y certificación al que nos referimos presenta otros dos problemas muy serios, cuando se trata en particular de aquello que aquí más nos interesa, esto es, de la generación y difusión de conocimientos nuevos, del acceso a nuevas ideas y enfoques teóricos, de la innovación y transformación cultural, intelectual y moral, orientados hacia una nueva civilización. Lo que se requiere es conocimientos que transgredan, por decirlo de algún modo, o dicho más exactamente, que superen las ideas y conocimientos dados, aquellos provistos por las disciplinas y las instituciones académicas enmarcadas en la civilización que perece, esto es, fragmentados disciplinariamente, funcionalizados a los requerimientos de la industria y del Estado, subordinados a razones y lógicas económicas y a políticas convencionales.

El primer problema es que los mecanismos de indexación y certificación prevalecientes tienden a reproducir las orientaciones teóricas y científicas consolidadas. Quienes seleccionan lo que ha de publicarse en las revistas indexadas son generalmente investigadores de trayectoria reconocida, que han alcanzado prestigio en las disciplinas que practican, por sus aportes a las disciplinas académicas formalizadas, y es normal que ellos privilegien aquellas contribuciones que aporten al desarrollo de sus propias líneas de investigación y sus ideas en ellas. Pocos se atreven a seleccionar una contribución que se presente como ‘alternativa’ o que parezca ‘revolucionaria’ en un campo del conocimiento consolidado. Es así que el problema que antes indicamos que afecta a los ‘grandes números’, se reproduce al nivel de los ‘números’ que se generan en las escalas propias de las disciplinas científicas.

El otro problema es que la lógica de la indexación tiende inevitablemente a favorecer la fragmentación del conocimiento y la creciente especialización en temas y asuntos cada vez más reducidos. Ello por dos razones diferentes. Por un lado, la necesidad de publicar papers por parte de los investigadores académicos, da lugar a una verdadera proliferación de revistas, las que para abrirse espacios y validarse académicamente requieren diferenciarse, lo que hacen adoptando temáticas cada vez más especializadas y particulares. Y obviamente, la existencia de las revistas fomenta la elaboración de papers correspondientes a dichas temáticas particularísimas. Por otro lado, los propios investigadores, presionados por la necesidad de publicar cantidades de papers, tienden a dividir los resultados de sus estudios en un mayor número de artículos, en vez de unificar sus aportes en una sola obra que integre todas las ideas y resultados obtenidos por la investigación, permitiendo tener sobre ella una visión de conjunto.

Así, los actuales modos de cuantificar el ‘valor’ de los conocimientos científicos, dificulta en vez de favorecer la generación y el acceso a los tipos de conocimientos necesarios para avanzar hacia la sociedad del conocimiento. En efecto, lo que se requiere son enfoques teóricos nuevos, y teorías comprensivas, y aún más, nuevas estructuras del conocimiento, capaces de asumir la complejidad de los problemas y realidades presentes y de orientar las soluciones y respuestas en la dirección de una nueva y superior civilización. Pero este es un asunto que hemos examinado en otras ocasiones, y no es el caso de abordarlo aquí.

La valoración del conocimiento como ‘valor creador de valor.

La cuestión de la evaluación del ‘valor’ de los conocimientos y de las comunidades y redes que en base a ellos se establecen, a los efectos de orientarnos en el contexto de las nuevas y cambiadas condiciones en que se despliega la vida humana, permanece abierta. Por ahora nos limitaremos a formular algunas ideas preliminares, partiendo de nuestro concepto del conocimiento como ‘valor creador de valor’.

Lo que hacen los sistemas de indexación y certificación en el ámbito de las investigaciones científicas, es un intento serio de evaluar el valor de cada investigación, de cada investigador, de cada revista y de cada centro de investigación. Se intenta medir el ‘valor’, entendido como algo intrínseco a la investigación misma, o al investigador, la revista o el centro de investigación. Dicho ‘valor’ es lo que se intenta objetivar y medir. Cuando en cambio nosotros hablamos de ‘valor creador de valor’, estamos indicando que el ‘valor’ de un determinado conocimiento, revista, investigador, no es algo inherente al mismo, sino que incluye y se refiere principalmente a la ‘creación de valor’ que potencialmente adquieren quienes leen y asimilan el conocimiento en cuestión. Lo que importa es la productividad del conocimiento en cuanto inserto en el trabajo cognitivo del cognoscente. Pero si es así, será solamente éste el que estará en condiciones de valorar cuanto le sirve el conocimiento recibido desde otro, para realizar sus propios fines y objetivos cognitivos.

La pregunta que cada sujeto ha de hacerse, entonces, no es cuanto ‘valor’ tiene en sí la investigación que me llega, sino cuánto ‘valor puedo crear’ a partir de ese conocimiento e investigación. De este modo, cada uno tendrá que aprender a valorar (a evaluar el valor) de los conocimientos.

En la metodología de indexación, el que mide el valor del conocimiento es siempre otro, que no puede considerarlo como valor creador de valor, sino solamente como el valor supuestamente objetivo del conocimiento dado. Los conocimientos son valorados antes de ser comunicados a todos quienes podrían extraer y crear valor con ellos. Así, quedan fuera numerosos emisores de conocimientos, y muchos conocimientos generados no llegan a difundirse. La valoración es externa y extraña al proceso en que los conocimientos crean valor.

Cuando pensamos en el conocimiento como ‘valor creador de valor’, el creador de valor es el único que puede valorar el valor del conocimiento dado, en cuanto es solamente él mismo el que puede crear valor con el conocimiento que recibe.

Al decir esto, no se nos escapa el hecho que en este modo de valoración no se resuelve el problema de cómo orientarnos en la multitud de conocimientos disponibles que circulan sobreabundantemente en los medios de comunicación y en todas las fuentes que los emiten actualmente. Frente a este problema, tenemos solamente una respuesta provisoria, que por cierto no es completa ni suficiente, pero es la que tenemos. Se trata de las redes, esto es, de la conformación de redes y de la participación en ellas; de redes que tienen la capacidad de comunicar a otros, y de recibir de ellos, las valoraciones que cada uno y todos van haciendo sobre las informaciones y conocimientos que circulan. De este modo, si bien cada sujeto ha de valorar cada conocimiento que recibe por el valor que puede crear a partir de aquél, las redes de sujetos cognoscentes que se orientan al logro de fines y objetivos similares, pueden multiplicar la información disponible para todos los participantes en la red, sobre el valor de numerosos conocimientos, autores, revistas y centros de investigación, en la medida que todos comuniquen a los demás integrantes de la red sus propias valoraciones de lo que estudian y leen. Hay en este sentido la posibilidad de un gran potenciamiento del proceso de valoración subjetiva, al convertirla en ‘intersubjetiva’.

Las redes informáticas tienen otra ventaja importante respecto a los sistemas de indexación y valoración basado en la opinión de los ‘pares’ autorizados, y es la consistente disminución del tiempo que transcurre entre la elaboración y la difusión del conocimiento, y entre la difusión y la valoración del mismo. Incluso la Internet hace posible que la difusión se realice en el acto mismo de la elaboración, no siendo indispensable el largo proceso que media entre la elaboración y su publicación, mediado por la evaluación de terceros. Y a través de las redes, el investigador puede obtener rápidamente una retroalimentación sobre el valor de lo que ha creado, del conocimiento que ha producido, en cuanto otros le dirán si han creado nuevo valor con el conocimiento en cuestión.

Como hemos dicho, el tema queda abierto a nuevas elaboraciones. Y lo que hemos expuesto aquí, queda sujeto a la valoración que cualquiera que lo lea pueda hacerle, y ojalá comunicarnos.

 (Diciembre 2010)


lunes, 23 de septiembre de 2019

EL "FACTOR C": LA FUERZA DE LA SOLIDARIDAD EN LA ECONOMÍA (Entrevista)


       ¿Podrías decirnos cuando nace la economía solidaria, o economía de solidaridad? ¿De dónde viene? ¿Quién empezó con esto?

      Muy buena tu pregunta. En realidad, de la economía solidaria se está hablando desde hace poco tiempo, si lo consideramos en términos históricos; pero si nos ponemos a buscar las primeras manifestaciones de lo que hoy entendemos como economía solidaria tendremos que retroceder probablemente hasta los comienzos de la historia. Desde siempre ha habido personas que trabajan juntas para producir lo que necesitan, que comparten bienes y servicios para satisfacer sus necesidades comunes, que colaboran unos con otros para desarrollar sus comunidades locales. Siempre han existido formas de consumo comunitario, y siempre los hombres se han asociado para realizar empresas que les interesan y que gestionan grupalmente.

      ¿Quieres decir que la economía ha sido siempre solidaria?    

      No exactamente. En la historia ha habido múltiples formas de organización económica; pero tal vez la primera de todas haya sido una que podamos reconocer como solidaria. Y a lo largo de la evolución de la sociedad y hasta nuestros días, en los diferentes sistemas económicos, aún en los más individualistas o autoritarios, ha habido alguna expresión de economía solidaria, que ha coexistido con otras maneras de organizarla.

      Pero entonces ¿qué es lo nuevo de la economía de solidaridad?

      Saber que la economía de solidaridad viene de muy antiguo tal vez no sea completamente del agrado de quienes gustan de lo nuevo y aspiran a la originalidad. Pero es importante darse cuenta de que es así, porque reconocer que siempre ha existido nos garantiza del carácter profundamente humano, e incluso natural, de la economía de solidaridad. En todo caso, nos lleva a la indiscutible conclusión de que la economía de solidaridad es posible, y que no es una mera utopía como tienden a creer algunos escépticos. Ahora, lo nuevo, nuevísimo, es la expresión "economía de solidaridad". He rastreado en la literatura económica, social y religiosa buscando la fusión de las palabras economía y solidaridad en una sola expresión, sin encontrarla hasta 1980 en que empezamos a utilizarla. Por cierto, hay otras expresiones que se han utilizado para referirse a manifestaciones de la misma realidad: economía cooperativa, economía comunitaria y de comunidades, economía social y autogestionada, economía humana, civilización y sociedad solidaria, economía de las donaciones, etc. Pero "economía de solidaridad" o "economía solidaria", expresión que alguien llegó a considerar tan extraña como la de "física sentimental" o "sociología amorosa", es un concepto cuya difusión, bastante rápida por lo demás, es reciente.

      ¿Y esto a qué se debe? ¿Por qué economía solidaria, o economía de solidaridad, si siempre ha existido, es una expresión extraña?

      Es que en la época moderna, época en que se desarrolla la ciencia de la economía, la economía y la solidaridad parecieran excluirse. En nuestra época se ha difundido la convicción de que la economía requiere comportamientos utilitaristas, maximizadores de la propia ganancia, competitivos y conflictuales. Cuando se habla de cooperación se alude solamente a la necesaria integración de funciones y a la operación combinada de factores económicos tras el logro de la utilidad empresarial. A su vez, el discurso sobre la solidaridad pareciera refractario a la economía, de la cual se desconfía y de la que no se espera la integración comunitaria y social, reservada más bien a la actividad política y de promoción social.

      ¿Cuándo surgió la idea de economía solidaria? ¿De dónde viene el concepto?

      Es interesante conocer el origen de la "economía solidaria o de solidaridad", porque es uno de los pocos conceptos que llegan a formar parte de una ciencia, y que se incorpora a la enseñanza social de la Iglesia, habiendo nacido del mundo popular, en nuestro país. Yo no había escuchado nunca esta expresión hasta 1981, y después he rastreado en la literatura económica y social anterior, sin encontrarla en ningún texto. Fue en un encuentro de reflexión e intercambio de experiencias entre diferentes organizaciones y grupos que desarrollaban iniciativas económicas para hacer frente a la subsistencia, en un contexto de aguda crisis económica, política y social. Habíamos organizado el encuentro en el marco de una investigación del PET (Programa de Economía del Trabajo), que se proponía sistematizar las múltiples y heterogéneas experiencias de organización y apoyo que desde 1974 se desplegaban en las poblaciones más pobres y más fuertemente afectadas por la crisis económica y política. Había allí organizaciones que se habían dado diferentes nombres: "talleres solidarios", "ollas comunes", "comedores populares", "comprando juntos", "centros de servicio a la comunidad", "instituciones de apoyo y servicio", etc. La pregunta que motivaba la conversación trataba de identificar lo que tan variadas experiencias tenían en común. Algunas personas hablaban de "organizaciones de subsistencia" y otras de "organizaciones solidarias". Unos, enfatizando la problemática de la subsistencia que motivaba el surgimiento de las iniciativas, ponían el acento en la dimensión económica de la organización y actividad que realizaban; otros, poniendo el acento en las relaciones y valores sociales de los grupos que protagonizaban las experiencias y en los apoyos que recibían, enfatizaban la solidaridad como el elemento más distintivo que compartían las organizaciones presentes. Necesitábamos encontrar un nombre, una denominación común que permitiera referirse a esas tan variadas experiencias y reconocerlas socialmente en su identidad, valor y dignidad. Se proponían dos expresiones para hacerlo: "organizaciones populares solidarias" y "organizaciones económicas populares". En el debate, precisamos la validez de ambas nociones, distinguiendo lo que esas organizaciones hacían (realizaban actividades económicas, hacían economía), y el modo o el cómo lo hacían (con solidaridad, de manera solidaria). Eran organizaciones económicas populares; hacían economía solidaria o de solidaridad. Desde aquella reunión con los protagonistas de las experiencias en que apareció por primera vez la expresión "economía de solidaridad", me interesé por identificar exactamente en qué podría consistir ese modo especial de hacer economía.

      ¿Cuál es ese modo? ¿Cómo puede definirse la economía solidaria?

      Lo esencial de la economía solidaria lo descubrimos en el contacto con esas experiencias de economía popular. Quería entender lo siguiente: ¿Cómo es que esos grupos tan pobres lograban "hacer economía" y obtener beneficios reales y concretos, operando con recursos tan escasos y técnicamente irrelevantes? En efecto, los recursos y factores económicos que utilizaban, y con los cuales lograban producir y entrar de algún modo en el mercado, eran los que el mercado, las empresas y la economía en general, habían descartado por ineficientes, improductivos y obsoletos. La fuerza de trabajo era la de los desocupados, sean trabajadores cesantes, dueñas de casa sin experiencia de empleo formal ni capacitación laboral, personas maduras e incluso ancianos que no formaban parte de la fuerza de trabajo ni de la población económicamente activa; personas, en general, que por su baja productividad no encontraban ocupación en las empresas ni lograban integrarse al mercado del trabajo. Medios materiales de producción económicamente insignificantes: herramientas rudimentarias, en el mejor de los casos maquinaria obsoleta y desechada por las empresas, materias primas de descarte, sin valor económico y a menudo recogida de desechos, y en todo caso de baja calidad y precio. Nulo capital propio y ningún acceso al crédito. Tecnologías rudimentarias: un saber hacer fragmentario, atrasado, al que en gran parte de los casos no podría atribuirse siquiera las características de lo artesanal. Una capacidad de gestión apenas intuitiva, inexperta, sin capacitación ni experiencia anterior en el manejo y administración de actividades económicas. En fin, recursos y factores de los que ningún empresario privado o público esperaría alguna productividad suficiente como para aceptarlos, ni siquiera para darles una utilización subordinada en las empresas y actividades económicas orientadas hacia el mercado. Sin embargo, con éso las organizaciones y grupos hacían economía: producían y se generaban ingresos para satisfacer sus necesidades más acuciantes. Fue tratando de entender lo incomprensible para la teoría y el análisis económico, que empecé a descubrir lo que es la economía de solidaridad. Descubrí algo en verdad sorprendente: todos y cada uno de esos recursos de tan baja productividad, se potenciaban extraordinariamente por la fuerza de la solidaridad. Las personas se ayudaban en el trabajo y crecía su productividad; compartían informaciones y el saber fragmentado se integraba, desarrollándose un "saber hacer" o tecnología eficiente; las personas participaban en la toma de decisiones y la gestión se perfeccionaba; todos hacían aportes de medios materiales y pequeñas cuotas de dinero, y se constituía un pequeño capital productivo; el grupo celebraba el trabajo y cada pequeño logro o avence, y la unidad y alegría del grupo les permitía sortear las situaciones más difíciles. En verdad, la solidaridad era la gran fuerza que convertía en viables y eficientes unas experiencias productivas y comerciales que si se analizaban con las categorías de la economía convencional no tenían ningún destino.

      Entonces ¿la economía solidaria es necesariamente una economía de los pobres?

      No, en absoluto. La economía de aquellos grupos pobres, enseña algo a la economía en general, que pueden desarrollar todas las empresas y las economías a nivel global. Lo que enseñan es que la solidaridad es una fuerza económica, un factor de alta eficiencia y productividad. Nosotros formalizamos esta noción, acuñando el concepto del "Factor C". Es un nuevo factor que integrar a los modelos y análisis económicos, junto al trabajo, el capital, la tecnología, etc. Si en cualquier empresa, hasta en las más grandes y modernas, se pusiera o incrementara la solidaridad, con seguridad sería más productiva y eficiente. Si en el mercado hubiera más solidaridad, el mercado sería más perfecto y funcionaría de mejor manera. Si en las políticas públicas y en las decisiones económicas del estado hubiera mayores dosis de solidaridad, esas políticas serían mejores y sus resultados más eficientes. Esa es la fuerza del "Factor C".

      ¿Por qué ese nombre: Factor C?

      Simplemente porque con la letra C comienzan muchas palabras que lo identifican: compañerismo, comunidad, cooperación, colaboración, comunión, coordinación y otras. Hace años, en Venezuela, yo explicaba el "factor C" en una comunidad de trabajo, y un hombre ya anciano y de larga trayectoria de acción social me dijo: "A ese factor c yo le pondría una C mayúscula, porque para mí es el factor Cristo". Y así quedó, con mayúscula.

      ¿Dónde podemos conocer más de todo esto, y profundizar en la economía de solidaridad?

      ¿Conocer? Pues, mirando la realidad con los ojos abiertos, descubriendo la presencia activa y la fuerza de la solidaridad, operando, en mayor o menor medida, un poco en todas partes. Y al que quiera profundizar en la teoría y el análisis, les recomendaría empezar con mis libros "Los Caminos de la Economía Solidaria" y "Creación de Empresas Asociativas y Solidarias", disponibles en Amazon, aquí:

LOS CAMINOS DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA

CREACIÓN DE EMPRESAS ASOCIATIVAS Y SOLIDARIAS



viernes, 13 de septiembre de 2019

ECONOMÍA SOLIDARIA PARA UNA VIDA NUEVA, PARA UN BUEN VIVIR *



Quiero ante todo agradecer a quienes me invitaron a este encuentro. Y no sólo por la oportunidad de estar aquí, sino especialmente por la ocasión que me ofrecieron al plantear como tema de esta charla la relación entre la economía solidaria y el 'buen vivir', lo que me ha servido para profundizar conceptos que considero muy importantes para todos los que buscamos crear una nueva economía y avanzar hacia una vida nueva, buena, mejor que la actual.
Comenzaré refiriéndome a la situación en que nos encontramos. Durante décadas, las economías modernas han estado creciendo. El industrialismo, el consumismo, el endeudamiento y la competencia entre los países, entre las empresas y entre las personas, han sido los motores que han impulsado el crecimiento económico.
La participación en ese crecimiento económico y el aprovechamiento de sus beneficios ha sido muy inequitativo, dando lugar a acentuadas injusticias y desigualdades entre las distintas regiones del mundo, entre los países y entre las personas. Esas desigualdades e injusticias han generado conflictos sociales y luchas tendientes a lograr mejores equilibrios socio-económicos; pero poco se ha logrado, y el hecho es más bien, que las desigualdades se han venido acentuando.
Después de muchas décadas de crecimiento desigual, actualmente las economías modernas se orientan hacia una fase, que probablemente se prolongará también por varias décadas, en que tendrán que decrecer, achicarse. El sobre-endeudamiento financiero, el aumento de los costos de la energía, el agotamiento de ciertos recursos naturales, los efectos del deterioro ambiental, el incremento de los precios de los alimentos, etc., obligarán a las economías modernas no solamente a frenar el crecimiento, sino que tendrán que decrecer paulatinamente.
En algunos países el decrecimiento ha comenzado y parece inevitable que continúe. No hay que engañarse con las cifras que dan los gobiernos y los economistas, que hablan todavía de crecimiento del PIB. El engaño está en que miden la economía y la producción en dinero; pero el dinero no es una unidad de medida confiable, porque está perdiendo valor. Es como si midiéramos un camino con un metro más corto: nos dará que mide más metros, pero el tamaño del camino no habrá cambiado.
En el contexto del decrecimiento, lo más probable será que la competencia entre los países, las empresas y las personas se acentúe, y que los conflictos sociales se agudicen. Acostumbrados a competir económicamente y a luchar socialmente, la tendencia predominante irá en la línea de un decrecer compitiendo y en conflicto acentuado. En esa dirección, cada cual tratará de hacer, de intentar, que sean otros (otros países, otras empresas, otros individuos, otras clases sociales) los que decrezcan más que uno. Son evidentes los peligros que ese camino entraña, porque no es lo mismo competir y luchar en un contexto de oportunidades crecientes para todos, que hacerlo en uno de crecientes restricciones para todos. Se avecinan tiempos duros y difíciles. Porque las economías decrecerán mientras la competencia continuará acentuando las desigualdades, y la conflictualidad social no resolverá los problemas y seguramente aumentará los sacrificios de la gente. Será así mientras no se establezcan nuevas formas de hacer economía, ambientalmente y socialmente sustentables, orientadas hacia el desarrollo humano más que al crecimiento económico.
Lo que tenemos que asumir es que estamos comenzando a experimentar el final de una época histórica, el término de un modelo económico, de un modo de desarrollo, de un modelo cultural, y de una forma de vivir. Es la 'crisis orgánica' de la civilización moderna, que está declinando y llegando a su fin.
Pero me atrevo a pensar y a decir, que eso que ocurrirá no es tan malo, y que abrirá oportunidades y posibilidades nuevas y mejores, especialmente para los países, para los sectores sociales y para las personas que han estado malamente integrados en la civilización moderna, y que poco se han beneficiado de sus riquezas y logros. Pero también puede ser una oportunidad para todos, incluso para quienes están bien insertados en la economía actual, a quienes la economía actual les proporciona tal vez muchas cosas y dinero para comprar bienes y servicios, pero éstos no les permiten realmente una buena vida, no les facilitan el desarrollo personal, la buena convivencia social, el saludable contacto con la naturaleza, una educación y conocimientos realmente útiles para el desarrollo intelectual, moral y espiritual, ni satisfacción adecuada de las más profundas necesidades humanas, que nos aproximen a una auténtica felicidad.
Pues bien, cuando una civilización decae, la historia enseña y muchas experiencias actuales confirman, que es el momento en que se da inicio a una nueva civilización. A nuevos modos de hacer economía, a nuevos paradigmas culturales, y a nuevos modos de vivir. Una vida nueva está naciendo y puede crecer y desarrollarse junto al decrecimiento de la economía predominante.
Pero esto no es automático. Que así ocurra depende de nosotros. Porque la nueva economía, la nueva cultura, y la nueva vida, hay que crearlas: hacerlas nacer, cultivarlas y desarrollarlas. Podemos buscar y encontrar una vida buena, mucho mejor que la actual.
En este proceso, tenemos que plantearnos dos objetivos simultáneos y paralelos:
  1. Reducir los inevitables sufrimientos humanos implicados en el decrecimiento económico de este modo actual de hacer economía. Pues, mientras no hayamos desarrollado una nueva economía, aumentarán el desempleo, la pobreza, las carencias, la marginación, la conflictividad, y todo esto será muy duro para muchísimas personas.
  1. Desarrollar esos nuevos modos de hacer economía y esos los nuevos modos de vivir, más cooperativos, solidarios, sustentables en el tiempo, que vayan abriendo la experiencia humana a nuevas y mejores posibilidades, realizaciones y experiencias.
En este sentido, sabemos y hay que reconocer y decir, que formas económicas alternativas, cooperativas y solidarias existen desde hace mucho tiempo, y que han alcanzado algún grado de desarrollo interesante en algunos países.
Pero lo que se ha logrado es todavía poco, insuficiente, y no siempre está bien orientado. Lo que me propongo mostrar y demostrar en esta exposición, es que tales experiencias y organizaciones, siendo en sí muy valiosas, han tenido limitaciones que les han impedido alcanzar las dimensiones y la profundidad de cambio suficientes para abrir el camino a una nueva vida y a una nueva civilización.
Y quiero mostrar que la causa principal de su menor desarrollo ha sido que esas experiencias alternativas han estado enmarcadas dentro del modo de crecimiento y del modo de vivir que es el de la civilización moderna, capitalista y estatista a la vez. Esto es urgente comprenderlo teóricamente y superarlo en la práctica, porque mientras la economía esté creciendo, no es un gran problema para esas iniciativas el estar insertas y enmarcadas en la economía predominante, o sea en el mercado capitalista y en los servicios públicos y estatales. En realidad es un gran problema, pero no nos damos cuenta de la limitación que esas experiencias alternativas experimentan por ese condicionamiento.
Examinemos todo esto con algún detenimiento y en detalle.
Repito que es importante reconocer la existencia de múltiples y variadas iniciativas, experiencias y procesos orientados en direcciones que pueden converger hacia el proyecto de una nueva economía. Los intentos de crear una nueva economía, basados en el conocimiento, en la autonomía, en la creatividad y en la solidaridad de sus participantes han sido múltiples y variados. Entre ellos podemos enumerar el cooperativismo, la autogestión, la economía comunitaria, la economía de comunión, el comercio justo, la finanza ética, el consumo responsable, las organizaciones económicas populares, y varias otras.
Pero debemos reconocer también, que no han sido suficientes para superar el capitalismo y el estatismo, y que en gran medida permanecen subordinados a las lógicas de la civilización y de la economía modernas. Una pregunta que hay entonces que hacerse es la siguiente: ¿qué ha impedido su mayor desarrollo, o qué límites les son inherentes, tales que no les ha sido posible configurar todavía una verdadera economía nueva y superior?
No desconocemos que en muchas circunstancias las organizaciones económicas no-capitalistas, cooperativas y solidarias, han enfrentado obstáculos puestos por la legislación y, sobre todo, por la elevada concentración capitalista en que se desenvuelve el mercado. Pero no es ése el verdadero y más grave de los problemas. De hecho, puede afirmarse que en muchos países estas experiencias han contado con apoyo del Estado y de las instancias gubernamentales, que las han favorecido con sostén jurídico, privilegios tributarios, asistencia técnica y financiera. Entonces, nos orientamos a pensar que las limitaciones principales a su desarrollo debemos buscarlas en aspectos inherentes a su propio modo de organizarse, de relacionarse y de actuar.
Tal vez el problema más serio que se manifiesta en estas experiencias alternativas, sea el hecho de no haber podido hasta ahora convencer de que, además de ser éticamente superiores, sean también más eficientes desde el punto de vista económico; es decir, que realicen un uso más productivo de los recursos, que proporcionen una mejor retribución a las personas que participan en ellas, y que alcancen condiciones de precio y calidad de los bienes y servicios más convenientes para los consumidores. Pero ¿es sólo que no han sido tan eficientes como para competir eficazmente? O hay detrás de esto un problema más de fondo?
A menudo se hace el razonamiento de que “es preciso sacrificar un poco la eficiencia económica en orden a lograr una economía socialmente justa y éticamente más humana y con valores más elevados”. El discurso habitual de los promotores de estas economías “alternativas” incluye casi siempre un llamado al sacrificio: hay que sacrificarse por la cooperativa, para sostener el proyecto “social”, es preciso estar dispuestos a pagar más por productos “éticos”, etc. Pero la economía, por definición, está orientada a producir beneficios, en el sentido que los beneficios sean siempre superiores a los sacrificios, y cuanto más elevados sean los beneficios y más reducidos los sacrificios, la economía será más atractiva y eficiente. Por ello, no se podrá expandir socialmente una nueva superior economía hasta el punto en que pueda prevalecer, si no se logra que sea, simultáneamente, más ética (justa, solidaria, libre) y más eficiente. O sea, que proporcione una mejor vida a quienes participan en ella.
Hace años escribí un libro - Empresas Cooperativas y Economía de Mercado - para comprender las razones del escaso éxito histórico de los proyectos económicos “alternativos”. Resumiré las causas más importantes de esos límites:
Primero: Fundarse en concepciones no realistas sobre la “naturaleza humana”. En ciertos casos se supone que las personas son naturalmente generosas y solidarias, poniéndose escaso énfasis en la necesidad del desarrollo personal en términos del conocimiento, la creatividad, la autonomía y la solidaridad. En otros casos, se desconocen los legítimos intereses personales y familiares, partiendo de una visión colectivista de la sociedad.
Segundo: Carecer de una elaboración teórico-científica que comprenda, potencie y guíe la organización y el desarrollo de esas experiencias económicas. Es cierto que el cooperativismo, la autogestión, la economía comunitaria, el comercio justo, la finanza ética, el consumo responsable, etc. tienen concepciones y pensamientos que los guían, pero ellos son básicamente de tipo doctrinario o ideológico, normativo y ético, y no propiamente de ciencia económica, y menos aún, que correspondan a una nueva estructura del conocimiento que es necesaria para iniciar la creación de una nueva y superior civilización.
Tercero: Permanecer atrapadas en los niveles “primitivos” de la ruptura (quedarse fuera) y del antagonismo (ponerse contra) respecto a las teorías y prácticas económicas de la economía moderna, sin elevarse hasta el indispensable nivel de la autonomía. Consecuencia de ello es que habitualmente esas experiencias se auto-definen en términos negativos en vez de afirmativos, como se aprecia en las expresiones “sin fines de lucro”, “non-profit”, “no-capitalista”.
Ahora voy a un punto cuarto, que me parece esencial: Algo que ha limitado y dificultado la creación de iniciativas económicas solidarias, ha sido el privilegiar y enfatizar las organizaciones y actividades de producción y distribución por sobre las de consumo. De hecho, los principales procesos tendientes a crear una nueva economía comienzan habitualmente por crear iniciativas productivas, comerciales y financieras. Esto probablemente sea una herencia ideológica de matriz marxista, pensamiento que resalta y hace prevalecer en su concepción económica la producción y la distribución, por sobre el consumo y la satisfacción de las necesidades humanas.
En seguida explicaré por qué es esto un problema, y cuáles son las limitaciones a que da lugar. Pero antes quiero decir que con estas consideraciones críticas no estamos descalificando el cooperativismo, la autogestión, la economía comunitaria, la finanza ética, el comercio justo y tantas otras experiencias y movimientos afines. Ellos son componentes reales, incluso esenciales para la creación de la nueva civilización. Lo que sostenemos es que requieren superar las limitaciones que han presentado hasta ahora, renovarse en profundidad, acceder a grados crecientes de conocimiento, de autonomía, de creatividad y de solidaridad, para que asumiendo en plenitud los objetivos y el proyecto de una nueva civilización, desplieguen sus propias potencialidades, y accedan al nivel de conciencia - teórica y práctica - requerido para ser eficaces en la realización de tan magno proyecto.
Más específicamente, se requiere un proceso de reformulación conceptual que oriente la superación de las limitaciones mencionadas. Tal formulación debe incluir, ante todo, una concepción más profunda y exacta de la naturaleza humana y de las necesidades del hombre y de la sociedad. Y en este sentido, una comprensión profunda de lo que significa el buen vivir humano, personal, familiar, comunitario, social.
Habrá que disponer también de una nueva concepción del desarrollo, o sea de los procesos de expansión y perfeccionamiento de la nueva economía, que sean sustentables en relación a las exigencias de la ecología y del medio ambiente; que sean social y políticamente consecuentes y realistas; y que proporcionen orientaciones claras y convincentes a las personas y a las organizaciones orientadas en la perspectiva de una vida buena, de un nuevo tipo de desarrollo humano, de una nueva civilización.
Pero, además, si comprendemos a fondo que los límites de las economías asociativas y solidarias ha sido el centrarse en la producción y orientar su propia producción en orden a satisfacer las demandas de consumidores moldeados por el modo de desarrollo capitalista y estatista, o sea de consumidores conformados a los modos de vivir de la civilización moderna, entonces nos daremos cuenta que es necesario un cambio profundo en la propia economía asociativa y solidaria. Ésta no puede competir con empresas productivas capitalistas y con proveedores estatales que han creado pautas de consumo, y formado a sus propios consumidores, conforme a sus intereses, y a su imagen y semejanza.
Nos damos cuenta de algo que quienes hemos estado muchos años en las búsquedas de una economía solidaria no siempre hemos comprendido bien, a saber, que en la creación de una nueva economía el punto de partida debe ser la transformación del consumo.
La razón de ello es clara: si se asume que el fin de la nueva economía es el ser humano, su buen vivir, su realización y felicidad, hay que empezar examinando si el consumo de los bienes y servicios que producimos está sirviendo a ese objetivo. Hay que empezar transformando el consumo, para que éste sirva realmente a satisfacer las verdaderas necesidades del ser humano, y a generar una vida buena.
Y hay que empezar cambiando lo que entendemos por consumo. El consumo de un alimento se cumple en el acto de comerlo, de satisfacer la necesidad de nutrirse y de gozar de sus sabores. El consumo de un libro consiste en leerlo, en satisfacer el deseo de aprender y de entretenerse con la lectura. El consumo de una terapia médica se verifica en el proceso de curarse la enfermedad y de vivir saludablemente.
Esto no ha sido comprendido en la economía moderna, que en la llamada 'teoría del consumidor' reduce el consumo al comportamiento de las personas en el mercado, en cuanto compran bienes y servicios. Desde esa óptica el consumo de los alimentos se realizaría en el supermercado; el consumo del libro consistiría en comprarlo; la terapia se consumiría en el momento en que se paga. Entonces no interesa si el alimento nutre bien a la persona, o el libro la haga más culta, o la terapia sane y haga feliz al enfermo. Lo que importa es cuánto dinero gasta el consumidor en la compra.
Las teorías económicas no se han ocupado de lo esencial de la economía que es la satisfacción de las necesidades y el desarrollo humano; lo que les interesa es que los individuos estén en el mercado y compren lo más posible, para lo cual puede incluso ser mejor que las personas permanezcan insatisfechas, si ello los impulsa a comprar más cosas y servicios.
Se requiere una nueva concepción del consumo para concebir y construir una nueva y superior economía. Pero entonces se hace necesario repensar a fondo la cuestión de las necesidades, partiendo de la crítica al modo en que se las concibe en la sociedad moderna. Es una crítica indispensable para comprender la radicalidad del cambio que tenemos que hacer al nivel del consumo. Porque - podemos adelantarlo - es el consumo tal como se da actualmente, lo que lleva a las personas a vivir sus necesidades de manera tal que las convierte en ignorantes, pasivas, dependientes y competitivas. Será radicalmente distinto el consumo que nos convierta en personas de conocimiento, creativas, autónomas y solidarias; pero este nuevo modo de consumo implica entender de otra manera las necesidades humanas.
En la civilización moderna se han dado dos maneras de entender las necesidades: la liberal-capitalista y la social-estatista; opuestas entre sí a nivel político; sin embargo ambas se fundan en una similar concepción positivista y naturalista del hombre y de la sociedad.
Según la concepción liberal-capitalista no existiría una naturaleza humana común a todos los hombres, sino sólo individuos que se comportan empíricamente de ciertas maneras, cada uno con sus particulares intereses, necesidades y deseos; cada uno compitiendo con los otros. Las necesidades humanas serían aquellas que los individuos expresan al plantear sus demandas de bienes y servicios en el mercado.
Se piensa las necesidades como carencias, como vacíos que deben llenarse con los bienes y servicios, según lo cual habría una suerte de correspondencia bi-unívoca entre las necesidades y los productos y servicios. A cada necesidad correspondería un producto, y a cada producto correspondería una necesidad. Entonces las necesidades no se experimentan como necesidades del propio ser, sino como las necesidades de comprar y poseer cosas y servicios.
Se supone, además, que las necesidades son recurrentes, es decir, que se satisfacen cada vez que los vacíos se llenan con ciertos productos, pero ellas vuelven al poco tiempo a presentarse insatisfechas; y se concibe que las necesidades son crecientes. Los seres humanos, una vez que satisfacemos ciertas necesidades, queremos siempre satisfacer otras, nuevas, más amplias y más sofisticadas necesidades, de modo que estamos siempre insatisfechos. Se afirma que somos insaciables.
Pero ¿somos así los seres humanos? ¿Somos esas cosas con muchas carencias, con tantos compartimentos vacíos, que se llenan y que se vacían, que se van multiplicando y creciendo, y que demandan siempre más bienes y servicios con que llenarse? ¿O es más bien que así nos quiere el mercado capitalista?
La otra concepción de las necesidades que ha tenido presencia en la civilización moderna es la socialista-estatista. La concepción del hombre subyacente a este enfoque postula que lo único que pudiera corresponder a una naturaleza humana sería la colectividad, entendida como la 'especie' humana natural. Esta concepción sigue pensando las necesidades como carencias recurrentes que se llenan con productos y servicios crecientes. Se diferencia de la concepción liberal en que hace una neta distinción entre las que serían las 'verdaderas' necesidades humanas – aquellas propias de la especie -, y los que serían solamente deseos y caprichos individuales. Las 'verdaderas necesidades' serían comunes e iguales para todos: alimentación, vestuario y abrigo, vivienda, protección, informaciones, recreación, servicios de salud, y pocas más.
Siendo pocas y fácilmente identificables, se afirma que se puede planificar su creciente satisfacción a través de la acción del Estado. Cada sociedad podría definir sus necesidades, pero como colectivo; por lo tanto, según esa concepción hay que planificar la economía y regularla estrictamente, reduciendo los espacios de libertad en que los individuos expresen sus deseos y caprichos, porque si cada individuo persistiera en expresar libremente sus demandas, no se cumpliría la función del Estado de ordenar la sociedad hacia fines que el mismo Estado determina.
La diferencia entre la concepción liberal-capitalista y la concepción socialista-estatista reside en que mientras en la primera los productos para satisfacer las necesidades son demandados por los individuos y provistos por el mercado, en la segunda los productos son determinados y provistos por el Estado.
Ahora bien, esas dos concepciones de las necesidades, si bien opuestas políticamente, en los hechos se han ido amalgamando en la sociedad moderna. Por un lado se reconoce que los individuos pueden expresar con libertad sus demandas de bienes y servicios en el mercado. Y al mismo tiempo se acepta que existe un nivel de acceso a ciertos bienes y servicios que debe ser igual para todas las personas; acceso que se entiende como un 'derecho' que los ciudadanos pueden exigir al Estado.
Pues bien, este reconocimiento de ambas lógicas como legítimas da lugar a una estructura de las demandas, y a un tipo de consumidor - lo llamaremos el consumidor moderno – muy exigente y complicado, que genera un problema económico tendencialmente insoluble, y que es lo que origina la gran crisis que afecta a la actual pero ya vieja civilización moderna.
En efecto, desde ambas racionalidades (la del mercado capitalista y la del Estado proveedor), las necesidades están creciendo, multiplicándose y diversificándose, y en consecuencia la economía está fuertemente presionada a crecer, a multiplicar su oferta de bienes y servicios, para satisfacer tanto las demandas colectivas que se exigen al Estado, como las demandas individuales que se expresan en el mercado. Desde ambas perspectivas, desde ambas lógicas, se está viviendo un elevamiento del umbral de la cantidad de productos que se demandan y del nivel de acceso al que se aspira.
Por un lado está la lógica del mercado, que es fundamentalmente una lógica de individuación y diferenciación mediante la posesión de cosas, donde cada cual trata de diferenciarse, de prestigiarse, de tener acceso a más bienes y servicios. Entonces se produce una suerte de persecución, porque nadie quiere quedar rezagado: quienes tienen mayor capacidad de compra demandan bienes y servicios cada vez más sofisticados, cada vez más complejos, o en cantidades mayores. Los que los siguen, van accediendo a esos niveles con algún retraso; pero ya los más avanzados se distancian adquiriendo productos más sofisticados, más refinados. Y así continúa en el mercado una persecución imparable.
Al mismo tiempo se genera un elevamiento persistente del nivel mínimo considerado socialmente aceptable. El elevamiento del nivel individual genera un elevamiento del nivel colectivo, por efecto demostración, por efecto de imitación, por efecto de que "bueno, lo que otros tienen por qué no lo podemos tener todos". De este modo el Estado es exigido a ofrecerle a sus ciudadanos mejores condiciones de habitabilidad, más medios de transporte, mejores sistemas educativos, mejores servicios de protección y de salud, acceso a la educación en niveles cada vez más elevados, etc.
A su vez, el elevamiento del nivel de lo que es común para todos genera una presión en el mercado para diferenciarse por arriba. Porque si, por ejemplo, ya todos tuvieran educación universitaria, el mercado generará las instancias para que todos aquellos que quieran ser más que el común y que presionan por niveles de enseñanza más elevados para sus hijos, les sean provistos. Y así en todos los ámbitos de necesidades.
Entonces, el consumidor moderno, además de ser insaciable, es tremendamente demandante y exigente frente al Estado, pues considera que tiene derecho a que el Estado le provea de todo lo que se necesita para alcanzar el nivel social medio, y además, que tiene derecho a que el mercado le proporcione todo lo que desee y pueda pagar. Y si no lo puede pagar, considera que tiene derecho a que le den el crédito necesario para comprarlo.
Todo esto da lugar a un proceso de aceleración impresionante de las demandas, tanto individuales como sociales. Es lo que estamos viviendo en la actualidad. Y esa expansión y esa explosión de las necesidades y de las demandas hacia el mercado y hacia el Estado, genera una presión enorme sobre el sistema productivo. Una presión para crecer, es decir, para aumentar aceleradamente el proceso de producción de bienes y servicios junto con la acelerada expansión de las necesidades.
Pero sabemos y ya estamos comprobando en la práctica que no es posible este crecimiento indefinido. Que no hay recursos y capacidades suficientes para sostener este crecimiento permanente. Que si se continúa por este camino serán irreversibles las consecuencias sobre el medio ambiente y la ecología. Y hay que preguntarse, además, ¿será posible superar los gravísimos impactos que este consumismo exacerbado está teniendo sobre la convivencia colectiva, la gobernabilidad, la ética social y los valores culturales y espirituales? Más aún, ¿no es acaso por estarse llegando a los límites posibles de este crecimiento del consumo, que hoy se torna evidente la crisis orgánica de la civilización moderna, y se plantea la necesidad urgente de construir una civilización y una economía distintas? Y yendo más al fondo del asunto: ¿será verdad que accediendo a más productos y servicios alcanzamos una mejor satisfacción de las necesidades humanas, que nos hacemos más felices, que nos realizamos mejor como personas?
El consumidor moderno no es un consumidor consciente, creativo, autónomo y solidario. Al contrario, su consumo es compulsivo, imitativo, dependiente y competitivo. Así lo quieren la economía y la política dominantes, el mercado capitalista y el Estado asistencialista. Se trata de un consumo que empequeñece a las personas, y que en definitiva genera insatisfacción e infelicidad, que parece ser el estado habitual, más extendido, en que se encuentran muchas personas en la fase terminal de la crisis de la civilización moderna.
De este consumo imitativo, dependiente, compulsivo y competitivo tendremos que liberarnos, para acceder a un consumo consciente, autónomo, creativo y solidario como el que corresponde a una nueva y superior civilización. Y ese cambio no lo harán ni el mercado ni el Estado; es absurdo demandarlo al mercado ni exigirlo ante el Estado, que son los impulsores del consumo dependiente y pasivo. El cambio en los modos del consumo sólo es posible si lo hacemos nosotros mismos, cambiando cada uno, y generando desde nuestro entorno un cambio cultural que vaya expandiendo un nuevo modo de vivir las necesidades y de consumir lo conveniente para nuestra realización personal y para nuestro desarrollo social.
El consumo autónomo es aquél que no se orienta por la publicidad, ni imita las decisiones que hacen los otros, ni entra en competencia por tener más que los vecinos. El consumo autónomo no es tampoco el que se deja llevar por los propios deseos y caprichos, que es más bien una forma de esclavitud, y que implica que no controlamos nuestra propia existencia con conciencia y libertad.
El consumidor verdaderamente autónomo es aquél que identifica sus objetivos buscando su realización como persona humana integral, la satisfacción de sus verdaderas necesidades, que no son las que indican el mercado y el Estado, ni tampoco nuestros instintos inmediatos, sino las que descubrimos mediante el conocimiento de nuestra naturaleza humana, de lo que somos y de lo que estamos orientados a ser.
De este modo comprendemos que todas nuestras necesidades se enmarcan en cuatro grandes dimensiones de la experiencia humana, que podemos representar por dos ejes que se cruzan, o por cuatro vectores que se despliegan a partir de un punto de origen.
El primer eje lo forman, hacia un lado el vector de las necesidades que tenemos como individuos: necesidades de seguridad y protección, de identidad personal, de logro de nuestros intereses y proyectos individuales. Hacia el lado opuesto, el vector de las necesidades como comunidad y sociedad: necesidades de comunicación, de convivencia, de participación, de realización de proyectos colectivos.
El segundo eje lo forman, hacia abajo el vector de las necesidades corporales y materiales: necesidad de alimentación, de salud, de vivienda, de protección de las inclemencias de la naturaleza, de utensilios y equipamientos diversos, etc. Hacia arriba el vector de las necesidades culturales y espirituales: necesidad de conocimiento, de expresión artística, de trascendencia, de belleza, de bondad, de verdad, de valores y experiencias superiores.
Nuestra realización se cumple en la progresiva satisfacción de las necesidades que se van presentando en los procesos de nuestra expansión y perfeccionamiento en esas cuatro dimensiones de la experiencia humana. En esos procesos utilizamos cosas y servicios que nos provee la economía; pero las necesidades se cumplen en nosotros y por nuestra propia actividad, que se sirve de esas cosas y de esos servicios. Esta es la perspectiva en que hay que poner el consumo, revirtiendo la situación actual en que se pone a las personas al servicio de las cosas, trastocando la relación racional entre los medios y los fines.
En la perspectiva de este consumo realizador de las personas y de las comunidades, las necesidades ya no se presentan como carencias o vacíos que llenar con objetos, sino como potencialidades, como experiencias que podemos desplegar activamente. Ellas – las necesidades - son detonantes de actividades, iniciativas y procesos tendientes a convertir en acto lo que está solamente en potencia, como virtualidad, en cada individuo y en cada grupo.
La posibilidad de pensar un nuevo paradigma económico radica en el re-descubrimiento del ser humano como dotado de espíritu, de conciencia y de libertad, y en consecuencia, cognoscente, creativo, autónomo y solidario, responsable de sus acciones. De aquí derivan algunas precisiones sobre las necesidades en cuanto específicamente humanas.
Lo primero es que las necesidades las experimentamos en el plano de la conciencia. Incluso las necesidades corporales, como la de alimentarnos y abrigarnos, se viven subjetivamente. En el ser humano todo ocurre y todo se vive conscientemente, es decir, simultáneamente en el plano interior y en el plano corporal, y en ambos planos se busca encontrar la satisfacción de la necesidad, que será siempre alguna realización personal o social.
Asociado a lo anterior está el hecho que nuestras necesidades son energías que esperan ser desplegadas, son fuerzas que buscan manifestarse. Son vectores direccionados, en el sentido que están buscando activamente algún logro, algún resultado para el individuo o para el grupo. Son energías, pero energías creativas, capaces de producir aquello con lo que se satisfacen. Esto nos permite comprender la creatividad en el consumo.
Partiendo de que la necesidad no se satisface solamente mediante la cosa o la acción externa que se posee o a la cual se accede, sino por la acción del sujeto que emplea la cosa o el servicio externo, descubrimos que la verdadera satisfacción de la necesidad se obtiene mediante el despliegue de la energía que libera la necesidad misma. La necesidad de nutrirnos no la satisface el alimento sino nuestra actividad alimentaria y nutricional. La necesidad de conocimiento no se satisface a través de las informaciones que se presentan a la persona para que las memorice y las aprenda pasivamente, llenando así su ignorancia pensada como el vacío que llenar, sino mediante la construcción activa del conocimientos, construcción que utiliza como insumo o componente los conocimientos e informaciones que otros han elaborado anteriormente; pero no se produce ningún efecto en el sujeto, si éste no los reconstruye mediante su propia acción y proceso de aprendizaje.
Además, las necesidades experimentan un proceso, lo que implica que más que simplemente recurrentes, como se afirma habitualmente, se perfeccionan progresivamente. Por ejemplo, una persona tiene necesidad de lectura, de leer novelas, poesía, de escuchar música, etc. Esas necesidades las desarrollamos y perfeccionamos en la medida que leemos, que escuchamos música, que estudiamos.
Por esto, pensamos en un consumo que nos lleve a satisfacer autónoma y creativamente nuestras necesidades, perfeccionando nuestro ser. De hecho los seres humanos vivimos las necesidades como proyectos. La necesidad motiva, impulsa, mueve a ser más, a perfeccionarnos. Orientar nuestro consumo por el objetivo de la realización y el perfeccionamiento personal y social, nos encamina hacia una civilización superior, en la cual la experiencia humana podrá descubrir horizontes nuevos, incluso desconocidos hasta ahora.
Podemos todavía preguntarnos: ¿de qué modo utilizar los bienes y servicios para que su consumo nos proporcione el mayor y el mejor resultado para nuestra realización personal y social, para que alcancemos un buen vivir?
En este sentido podemos identificar un conjunto de 'cualidades del buen consumo', que nos conducen a una mejor calidad de vida empleando menos bienes y servicios, pero en parte diferentes a los que compramos en la actualidad.
Una primera cualidad del buen consumo es la 'moderación', que no significa austeridad ni privación y sacrificio. Moderación significa que se emplean los bienes y servicios en proporción a la necesidad. Un exceso de bienes y servicios, un empleo inmoderado, puede generar una insatisfacción de la necesidad tan fuerte como una escasez o una carencia de bienes y servicios.
Una segunda cualidad del buen consumo es la 'correspondencia', esto es, que para cada necesidad se escojan y empleen aquellos bienes y servicios que puedan satisfacerla de mejor forma. Por ejemplo, la necesidad de entretenerse puede ser satisfecha de distintos modos: a través de un juego grupal, de una convivencia, o mediante la lectura y la música, o una película, o ante la televisión. Cada necesidad tiene posibilidades múltiples para satisfacerse. El buen consumo busca satisfacerlas mediante aquel bien o servicio que mejor corresponda a cada necesidad y que favorezca el desarrollo humano.
Una tercera cualidad del buen consumo es la 'persistencia', o sea que la satisfacción de las necesidades sea tan lograda y cumplida que el efecto se prolongue en el tiempo, sin que vuelvan a presentarse prematuramente. Si uno se nutre adecuadamente, si uno lee un buen libro, si se divierte de modo sano y placentero, la satisfacción se prolonga en el tiempo, liberando tiempo, recursos y energías para otros aspectos de la realización personal.
Una cuarta cualidad del buen consumo la podemos identificar con las palabras 'integralidad', 'equilibrio' y 'armonía'. Teniendo en cuenta que somos sujetos que tenemos múltiples necesidades, la integralidad, el equilibrio y la armonía significan que no ponemos toda la actividad y la energía en una sola o en pocas dimensiones de la experiencia y de las necesidades, sino en atenderlas todas armónicamente.
Una quinta cualidad del buen consumo la podemos llamar 'jerarquización', y se refiere a las opciones que hacemos organizando las satisfacción de las necesidades en el tiempo, a poner el proceso de satisfacción de necesidades bajo control del sujeto. Ser gestor del propio desarrollo, hacer opciones, planificar el propio proceso de consumo. Obviamente hay necesidades básicas que no podemos descuidar sino prestarles atención prioritaria. Y hay necesidades que son fundamentales y superiores por el valor que tienen en orden al desarrollo y perfeccionamiento personal y grupal, por lo que también las enfatizamos y damos mayor importancia.
Una sexta cualidad del buen consumo que llamaremos 'potenciación', significa que la propia satisfacción de las necesidades las perfecciona, las eleva, las energiza. Si satisfacemos nuestras necesidades de cultura siempre en un nivel básico nos vamos estancando; si leemos siempre el mismo tipo de libros, si escuchamos siempre el mismo tipo de música, no vamos perfeccionando nuestra capacidad de apreciar las obras de arte, la literatura. Entonces nuestra necesidad se estanca. La potenciación significa buscar que el proceso de consumo desarrolle cualitativamente esas necesidades, haciendo que sean cada vez más propiamente humanas, más creativas, más autosuficientes.
Una séptima cualidad del buen consumo que llamaremos 'articulación e integración'. Contrariamente a la tendencia a consumir un producto para cada necesidad, podemos pensar que a través de una actividad compleja se pueden satisfacer simultáneamente distintas necesidades, especialmente si esa actividad compleja se realiza grupalmente. Por ejemplo en una actividad de convivencia comunitaria es posible satisfacer al mismo tiempo necesidades de relación, de convivencia, de información, de comunicación, de alimentación, de participación, de protección y muchas otras que se cumplen simultáneamente, generando una elevada satisfacción y felicidad.
La octava cualidad del buen consumo la identificaremos con la 'cooperación y reciprocidad'. Si aspiramos a un desarrollo humano integral, a una experiencia compleja, rica, diversificada, difícilmente lo lograremos de manera individual. El desarrollo integral requiere la participación en colectivos, ser parte de familias y de comunidades, convivir y compartir.
En ese sentido, si uno quiere desarrollar las necesidades espirituales o satisfacer las de conocimiento, conviene encontrar personas que quieran lo mismo; si uno quiere desplegar su talento musical o deportivo, tiene que vincularse a personas que compartan esas motivaciones. Y si nos articulamos en una organización, en una experiencia humana donde se encuentren personas que destacan en diferentes cualidades, nos enriquecemos todos al ser parte de un grupo donde podemos aprender muchas cosas unos de los otros.
Conclusión de todo lo dicho es que la mejor satisfacción de las necesidades, acceder a una superior calidad de vida, a un buen vivir, a la realización personal y grupal, no implican incrementar las compras y el consumo, ni requieren necesariamente una mayor producción. La consecuencia obvia de esto es que el buen consumo, el consumo realizador, conlleva una transformación radical de la producción, cambios profundos en dos aspectos estrechamente relacionados: en lo que se produce, y en cómo se produce.
Si se produce para la satisfacción de las necesidades y el desarrollo humano, gran parte de la actual producción, y en particular muchos bienes y servicios que satisfacen el consumismo y el consumo dependiente, imitativo y competitivo, dejarán de ser necesarios y útiles. Una nueva estructura de la producción se irá creando a medida que más personas y grupos vayan adoptando los criterios de moderación, correspondencia, persistencia, integralidad, equilibrio, jerarquización, potenciación, integración y cooperación que son propios del 'buen consumo' y del buen vivir.
En tal sentido y en líneas muy generales, podemos prever que se expandirán la agricultura y la producción de bienes y servicios básicos, junto con la educación y la cultura, las comunicaciones y los servicios de proximidad. Podrán disminuir en cambio la minería, la industria pesada, el transporte, la industria del petróleo y sus derivados, la industria química, los servicios financieros, y la extendida producción de baratijas. Como resultado de todo ello, mejorarán conjuntamente el medio ambiente y la calidad de vida, generándose un tipo de desarrollo muy diferente al insostenible crecimiento económico actual. La economía y el desarrollo en la nueva civilización serán social y ambientalmente sustentables.
Ahora bien, no se trata solamente de un cambio en lo que se produce, sino también en los modos y en las estructuras que adoptarán las actividades productivas. Transformaciones que serán consecuencia directa, por un lado de la expansión del consumo creativo, autónomo y solidario que hemos analizado, y por otro lado, de la implementación de los valores y criterios de la organización social de la nueva civilización.
Y es en este sentido que la economía solidaria encontrará su verdadero sentido, y podrá desplegar todas sus potencialidades, llegando a consolidarse como el principal sector de la economía.
Porque, en correspondencia con las nuevas formas del consumo, y paralelamente al decrecimiento de la economía capitalista y estatista, viviremos un proceso de potenciamiento de las capacidades de producción de las personas, de las familias, de las comunidades y de los grupos locales. Vimos, en efecto, que el 'buen consumo' conduce a las personas y a las comunidades desde la dependencia hacia la autonomía. Esto es un proceso, y en realidad la autonomía se hace posible una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo personal.
Lo podemos comprender mejor con un ejemplo. Si uno no ha leído nunca un libro, la motivación para hacerlo y el aprendizaje de la lectura deben llegarle desde fuera. Pero cuando uno se convierte en un lector, ya nadie tiene que motivarlo a que lea, y por sí mismo busca libros, necesita leer, e incluso puede llegar a escribir sus propias narraciones y pensamientos, ofreciéndolas a otros. Lo mismo pasa con cualquier actividad o trabajo: podemos pasar progresivamente desde la dependencia a la autonomía y desde la autonomía a la solidaridad, en la medida que desarrollamos las capacidades implicadas en la actividad o trabajo que realizamos.
Son la pobreza, la inseguridad, la carencia de capacidades, la falta de relaciones, la ausencia de convicciones, lo que hacen tan apreciada la adquisición de cosas y el recurso a servicios externos. Pero cuando se alcanza cierto nivel de desarrollo personal nos hacemos más autosuficientes, menos necesitados de bienes y servicios exteriores. Si alguien tiene un buen desarrollo personal, una riqueza de personalidad, es muy probable que necesite comprar menos bienes y servicios, no porque haya apagado sus necesidades sino porque las satisface más autónomamente, y porque el sujeto pone mayor dedicación a aquellas dimensiones de la experiencia en las cuales es capaz de autogenerar proyectos y satisfactores por su cuenta.
En esta dirección podemos ver que en la nueva economía debieran experimentar un gran desarrollo el trabajo autónomo y asociativo, la autoproducción, los procesos de desarrollo local. Junto con ello se dará una más directa relación entre el consumo y la producción, incluyendo una mayor autonomía alimentaria y energética a nivel local y nacional. Todo esto es parte del crecimiento en autonomía, en creatividad y en solidaridad de las personas, las familias, las organizaciones y las comunidades. Esa es, y será en adelante, la perspectiva más profunda de la economía solidaria.
Si en la economía moderna son pocos los empresarios y muchos los trabajadores dependientes, en la nueva economía nos orientaremos todos a ser emprendedores, creativos, autónomos y solidarios. En tales condiciones, muchas empresas serán creadas mediante la libre asociación entre personas que poseen distintos y complementarios recursos y capacidades, que cooperan en la realización de los objetivos económicos que comparten. Cuando las empresas se constituyen de este modo, no es posible que en ellas se instauren la explotación y el dominio, ni el enriquecimiento de unos pocos a costa del esfuerzo y el sacrificio de muchos. Esas nuevas unidades productivas se forman, organizan y operan con los criterios de justicia y equidad que caracterizan a la economía solidaria, que llamamos también economía de solidaridad, de trabajo y de comunidad.
La producción así concebida y realizada, orientada al 'buen consumo', y organizada de estos modos creativos, autónomos y solidarios, requiere sostenerse en el tiempo, reproducirse. Esto nos lleva a plantearnos otras importantes cuestiones: ¿existirán el mercado, el dinero y las ganancias en la nueva economía?
Al constatar las injusticias e inequidades que se producen en el mercado, la excesiva importancia que ha adquirido el dinero, y la exacerbación de la búsqueda de las ganancias en las empresas y por las personas, muchos han imaginado la posibilidad y la conveniencia de una economía que funcione sin dinero, sin mercado y sin fines de ganancia. ¿Será acaso que el mercado, el dinero y la ganancia no debieran quedar en la Nueva Civilización?
El análisis de las causas de las injusticias, inequidades y distorsiones morales de la economía moderna, y la reflexión sobre los modos de organizar la distribución de la riqueza, la producción y el consumo en una sociedad justa y solidaria, nos llevan en otra dirección, que no es la de pensar y postular una economía sin mercado, sin dinero y sin ganancias. Comencemos pensando en el mercado.
Ante todo hay que asumir que el mercado no es una invención del capitalismo ni se identifica con éste, sino que existe prácticamente desde los comienzos de la historia, estando presente en todas las grandes civilizaciones. La verdad es que el mercado existe porque nadie, ninguna persona, familia, comunidad ni país, es autosuficiente para proveerse de todo lo que necesita; y porque las capacidades y recursos se encuentran distribuidos social y geográficamente, razones por las cuales se hace necesario intercambiar recursos, bienes y servicios entre las distintas personas, familias, organizaciones, comunidades y países. En realidad, el mercado es una expresión del hecho que nos necesitamos unos a otros y que trabajamos unos para otros.
Las familias, las comunidades y los países, no somos islas independientes ni desconectadas. El mercado es una de las formas en que nos relacionamos los individuos y los grupos humanos en función de satisfacer nuestras necesidades, y de hacer más eficiente el uso de las capacidades y de los recursos disponibles, que se encuentran diseminados socialmente y dispersos en distintas regiones del mundo,
En tal sentido, el mercado es integrador de la sociedad. Y en el marco de los intercambios, operando en el mercado, cada persona, comunidad, organización y país, cada uno con sus recursos y capacidades, y produciendo bienes y servicios para satisfacer las necesidades de otros, los individuos, las organizaciones y las comunidades desplegamos y acrecentamos nuestra creatividad, autonomía y solidaridad
Entonces el problema, lo que genera las inequidades y explotaciones, no es el mercado en cuanto tal, sino, en la actualidad, su configuración capitalista y estatista. En especial la especulación financiera, donde se generan y reproducen procesos de enriquecimiento por fuera de toda actividad económica útil.
Así como nos planteamos el buen consumo, en una nueva economía debemos plantearnos la tarea de crear y desarrollar un buen mercado, un mercado solidario, no capitalista.
Aparece entonces la interrogante por el dinero. ¿Estará el dinero en el origen de los males? ¿Será que las distorsiones que llevan a la concentración de la riqueza y a la expansión de la pobreza derivan del empleo del dinero en el mercado? De hecho, hay quienes creen en la necesidad de volver al trueque, a la reciprocidad y al intercambio sin dinero, como formas de llegar a una economía humana y socialmente justa.
Pero no es el dinero la causa de las injusticias sociales, aunque podemos identificar en su modo de circulación capitalista y estatista el origen de muchísimos problemas e inequidades. En realidad el dinero es uno de los más grandes inventos de la humanidad, que ha estado siendo perfeccionado durante siglos, y que tiene una utilidad inmensa.
Si bien los actuales movimientos que propician el trueque y la reciprocidad sin dinero realizan experiencias valiosas por la solidaridad, creatividad y autonomía que enseñan, lo cierto es que el trueque presenta serios problemas de eficiencia y de justicia: es difícil de realizar, porque exige cada vez la coordinación empírica de las decisiones de cada oferente con las de cada demandante; no permite intercambiar bienes físicos más allá de ciertos espacios reducidos; y suele ser injusto, porque no tiene un mecanismo de medición del valor de los bienes y servicios que se intercambian.
El dinero resuelve estos problemas al cumplir funciones socialmente necesarias: Sirve como unidad de medida del valor de los factores, bienes y servicios económicos. Es un medio de cambio universal, que facilita la coordinación de las decisiones de los participantes en el mercado. Y entrega información importante para tomar decisiones a través del sistema de precios.
Y hay otros problemas que el dinero resuelve. Los individuos y las sociedades necesitamos asegurar el futuro y hacer reservas de recursos y bienes para cuando los necesitemos. Pero acumular recursos y bienes físicos (trigo, ladrillos, etc.) sería muy ineficiente, pues las cosas se dañan, pierden valor, se las roban. El dinero viene, entonces, a cumplir la función de servir como medio de reserva y acumulación de valor, a través del ahorro, que nos permitirá acceder a bienes que necesitemos en el futuro en base a la riqueza producida en el pasado y en el presente. Y además, mediante el préstamo y el crédito, permite coordinar en el tiempo las decisiones de los distintos agentes económicos, haciendo que lo que unos ahorran hoy (para gastar mañana) esté disponible para quienes lo necesitan hoy pero que sólo podrán pagarlo después.
Ahora bien, de manera similar a lo que ocurre con el mercado, la organización y el funcionamiento capitalista del dinero lo distorsiona, afectando negativamente todas y cada una de sus funciones, con la consecuencia de gravísimas injusticias y desequilibrios. Habrá que crear también, en el contexto del desarrollo del mercado solidario, del buen mercado, también formas de buen dinero, dineros comunitarios, solidarios, dineros organizados de modo tal que contribuyan a la buena vida para todos.
Cuestión que nos conduce al tema de las ganancias. En efecto, la obtención de utilidades o ganancias, conocida también como lucro, ha sido cuestionada por quienes quieren una economía justa y equitativa, proponiendo como solución una economía, empresas y actividades económicas 'sin fines de lucro' o ganancia. Pues se observa que es en la ganancia que obtienen los empresarios, los especuladores y otros agentes económicos, el origen del enriquecimiento de algunos y del empobrecimiento y marginación de muchos.
Pero también sobre la ganancia debemos decir que no es, por sí misma, la causa de los desequilibrios e inequidades económicas y sociales. Generar utilidades y ganancias consiste en que a través de la actividad económica se genera valor, esto es, que el producto de la actividad, o sea los bienes y servicios producidos, valen más que los recursos y factores empleados en su producción. En otras palabras, los outputs de la actividad económica son mayores que los inputs, o más sencillamente, los beneficios son mayores que los sacrificios.
La actividad económica crea valor, siendo la utilidad o ganancia la diferencia entre el valor de los insumos y el valor de los productos. Si no hubiera beneficio y creación de valor, la actividad económica sería simple reproducción de lo existente, no habría razón para la creatividad y la innovación, y la vida se desplegaría en el estancamiento. Nuevamente, el problema no es la ganancia, sino el modo capitalista en que se produce y en que se distribuye el valor económico generado.
Entonces, tenemos que identificar exactamente dónde está el origen de las distorsiones que han experimentado el mercado, el dinero y la ganancia en la economía moderna, y luego descubrir los modos nuevos en que puedan organizarse - el mercado, el dinero y las ganancias - en la economía de la nueva civilización. No podemos desarrollarlo en esta ocasión. Pero dejo planteado el asunto, y quiero invitar a profundizar estos temas que son muy importantes y cruciales para un buen vivir y un buen convivir en sociedad.
Sobre todo ello, me limito a señalar que cuando se ha postulado que una buena economía ha de ser una economía sin mercado y sin dinero, se ha equivocado la meta, o el tipo de economía por construir. Ello ha sido causado por no haberse accedido a la autonomía en la crítica del presente y en la concepción del cambio necesario, que se han mantenido en el plano subordinado del antagonismo respecto del capitalismo y del estatismo, sin superarlos realmente. Desde una nueva estructura del conocimiento, desde una teoría económica comprensiva, tendremos que elaborar un nuevo proyecto para la economía buena, propia de una nueva y superior civilización.
Son temas que quedan abiertos a la reflexión, y es bueno que queden abiertos, pues sobre ellos debemos realizar todavía muchas experiencias y búsquedas, con autonomía, con creatividad, con solidaridad. Sobre todo esto tendremos que intercambir ideas, experiencias y búsquedas, y dialogar abiertamente, sin pensar que ya tenemos las respuestas.
Muchas gracias.
Luis Razeto M.
(Texto de la conferencia ofrecida en el VI Encuentro Nacional de RENAFIPSE denominado "Retos y Estrategias para la Consolidación de la Economía Popular y Solidaria y del Sector Financiero Popular y Solidario", realizado del 22 al 24 de noviembre de 2012 en la Escuela Politécnica Nacional de la ciudad de Quito .)
Para quienes quieran profundizar en todo esto recomendamos el libro VIVIR LA ECONOMÍA CON SENTIDO